martes, 31 de diciembre de 2013

PROPÓSITOS DE FIN DE AÑO

Aunque yo no soy adepto a las cábalas, sí sé que muchas personas consideran que el inicio del nuevo año es ocasión para un nuevo comenzar. Eso me parece bien; el único problema es que generalmente los propósitos que se plantean están mal pensados, y suelen quedarse en el camino: "este año bajo de peso", "este año consigo pareja", "este año viajo". Por suerte la psicología ha establecido que hay ciertas consideraciones que se pueden seguir para ayudar al cerebro a lograr lo que la persona se propone. Esto lo usamos en psicoterapia, con muy buenos resultados, y son planteados por la Terapia Breve Centrada en las Soluciones y por la Programación Neurolingüística. Tomen nota.
Para incrementar la probabilidad de su cumplimiento (ojo, no es algo mágico), los propósitos u objetivos deben estar elaborados bajo la siguiente receta (Insoo Kim Berg y Scott Miller, Beyebach, Steve De Shazer):
  1. Tener importancia. Aunque podría darse por descontado que las personas se van a plantear propósitos que son importantes, lo que no se debe soslayar es la pregunta ¿importantes para quién? ¿Te propones algo que otros te exigen? ¿Autoimposiciones? ¿Más que el quiero predomina el "debo'? En la PNL se suele sugerir hacer un análisis de la "ecología" de los objetivos. Pregúntate: ¿Si logro este objetivo ello podría afectarme a mí o a alguna otra persona significativa de un modo que no he considerado y que podría no ser positivo? Si la respuesta es afirmativa la probabilidad de que lo cumplas baja ostensiblemente. Por ejemplo, si bajar de peso podría volverte más atractivo o atractiva par el sexo opuesto, y eso potencialmente pudiera generar un conflicto con tus padres, que son celosos y no desean que tengas pareja, pues tu cerebro simplemente atenderá más al riesgo y bloqueará el cumplimiento del propósito. Hacer un análisis de todas esas implicancias, tenerlas en claro, revisarlas en voz alta, te permitirá acercarte más a tu meta.
  2. Ser limitados. Los objetivos deben ser acotados, limitados, cortos. Es mejor tener varios objetivos chiquitos que uno solo, grande e inalcanzable.. Si lo deseas, tu gran objetivo desglósalo en varios pequeños y ve tratando de conseguir uno por uno.
  3. Ser concretos, específicos y estar formulados en términos de conductas. Como se dice en la TBCS, plantéatelos en términos "vídeográficos". Descríbelos como si ya hubieran ocurrido, con detalles visuales, auditivos y kinestésicos. Cuando te imaginas el objetivo ya realizado, qué ves que pasó, cómo te ves a ti con ese objetivo ya realizado, qué escuchas, cómo te sientes, etc. Es más, dibújalos. El detalle es la clave. Nada de abstracciones.
  4. Que planteen la presencia y no la ausencia de algo. Que sean el comienzo y no el fin de algo. Plantearlos en positivo. El objetivo "ya no quiero estar gordo" no se va a cumplir, porque el cerebro no entiende el "no"y lo asumirá como "quiero estar gordo". En cambio, "deseo estar delgado, y pesar tanto, y verme así y sentirme asá" es más factible de lograrse.
  5. Que sean realistas y alcanzables dentro del contexto de vida de la persona. Los objetivos no cambian tu realidad. Su logro sí puede empezar a cambiarla. Parte de tus condiciones reales de vida y planteare lo que tu sentido común te dice que humanamente se puede lograr. No seas "tan realista"que rayes en el pesimismo, pero tampoco dejes volar sin hilo a tu imaginación.
  6. Que dependan de ti su cumplimiento y te incumban a ti. No te plantees metas sobre el cambio de terceros, porque no tienes poder de lograr que otro cambie. Cada uno se cambia a si mismo.
  7. Que se perciba como que exige trabajo duro. No te pongas la valla tan baja que la meta no signifique nada ni tan alta que te desanime y resulte imposible lograrla. Que tu propósito sea un reto. Tu conoces tu fuerza. Anímate a salir un poco de tu zona de confort porque es ahí donde está el crecimiento.

Te deseo un feliz y próspero 2014.

sábado, 28 de septiembre de 2013

NOTAS PARA UNA COMPRENSIÓN CONSTRUCCIONISTA SOCIAL DE LA IDENTIDAD


"Pero la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales".
Karl Marx


Con este texto pretendemos invitar a una revisión crítica de la noción de identidad personal, desde un punto de vista socioconstruccionista. Se busca repensar conceptos tradicionales en la psicología, tales como personalidad, naturaleza humana, yo, self, etc. Todos ellos hacen referencia, en mayor o menor medida, a una esencia interna en el ser humano, a algo que le es propio, y que está con él independientemente del contexto o la situación.

LA VISIÓN ESENCIALISTA DEL SER HUMANO.-
• Esencialismo. Entendemos por esencialismo (y sirvan como sinónimos los términos de estructuralismo, conceptos dormitivos, naturaleza humana, etc.) al conjunto de creencias que tienen en común la idea de que el ser humano posee una esencia interna que lo define y lo convierte en tal. Las diferentes escuelas psicológicas han propuesto definiciones y conceptos acerca de en qué consiste dicha esencia. Algunos se han inclinado a referirse a ella como algo de origen social (Sullivan, por ejemplo). Otros más bien la conciben como de naturaleza biológica (Eysenck, entre otros). Otros tienden a plantear una combinación entre la naturaleza y la sociedad (Freud). Lo que cabe resaltar es que más allá de su origen, la idea es que todos tenemos algo "dentro", que nos otorga identidad, orientación, sentido, y nos lleva a ser como somos.
• Ahistoricismo. La visión esencialista tiende a caer en el ahistoricismo. La idea de una esencia en el ser humano, que  le es propia, lleva implícita la otra idea de que esta esencia tiende a ser la misma a lo largo del tiempo. Pueden haber algunas variaciones, pero el consenso plantea que la esencia se va desplegando, desarrollando, estructurando, hasta que la persona llega a ser lo que tiene que ser. Se produce así una “cristalización” (Bergeret), y esta esencia se torna prácticamente inamovible.
• Descontextualización. El punto anterior lleva al esencialista a pensar que las personas son, independientemente del contexto o situación en la que se encuentren. La esencia puede verse afectada por el contexto pero, en general, lo trasciende. Las personas, al poseer una personalidad, un carácter, un Yo, tienden a ser las mismas, a expresar entereza. El contexto es sólo un telón de fondo que es considerado sólo de paso, como haciendo una concesión. Esto es visto como una señal de madurez propia de la persona adulta. La gran mayoría de instrumentos de evaluación psicológica se basan en esa idea de permanencia, y muchas de las propuestas psicoterapéuticas buscan llevar a las personas a descubrir esa esencia, que radica “debajo” de los síntomas y conflictos. Aceptarse como uno "es". Descubrir quién "es" uno.

LAS TEORÍAS DE LAS PERSONALIDAD COMO CONSTRUCCIONES SOCIALES.-
• Las teorías de la personalidad como discursos dominantes. Los diversos planteamientos esencialistas en psicología se han plasmado generalmente en las diferentes teorías de la personalidad. Si bien suelen tener un origen empírico, su poder radica en provenir de diversas instituciones académicas y sociales. Quienes las proponen, basándose en su condición de “expertos”, tienden a imponerlas, tarde o temprano, como discursos dominantes. Estos discursos se van configurando, debido al eco que reciben en los medios de comunicación y de la academia, como visiones únicas, totalizadoras, que llevan a las personas a verse a sí mismas,  a los demás, y a sus experiencias, a la luz de dichos discursos. Son moldes forjadores de identidad. Los individuos ya no confían en lo que saben de sí mismos; ahora prefieren guiarse en lo que dice el "experto". Esta es una forma clara de alienación propiciada por las "profesiones de ayuda" y en nombre de la ciencia.
• Relatos y poder. Los relatos sobre la naturaleza humana, las esencias y la personalidad, son construcciones sociales, tan válidas como cualquier otra. Lo que las impulsa por encima de las demás es el estatus de quienes las elaboran y las difunden. Más que un asunto sobre la certeza o la verosimilitud de las teorías esencialistas, se trata de un tema de poder. Es desde el poder que se elaboran y es desde el poder que se difunden, se enseñan, se usan para evaluar a las personas, y para tomar medidas de control sobre ellas, en caso de que encajen o no en lo que proponen como "normal".
• El normativismo. La consolidación de estos relatos como "discursos dominantes" sobre la "naturaleza humana" llevan a establecer normas sobre lo anormal y lo anormal, sobre lo sano y lo enfermo, sobre lo desarrollado y lo subdesarrollado. El normativismo reemplaza a la experiencia, la negociación interpersonales, el conocimiento local y personal, y lo que indica la experiencia de cada uno acerca de cómo vivir, para convertirse en "santa palabra", en norma, en mandato y hasta en imposición que lleva a las personas a evaluarse a sí mismas y a las demás. Control, poder, dominio son consecuencias de ello.

MITOS ESENCIALISTAS.- Michael White, siguiendo a Michel Foucault, plantea:
• El mito de la voluntad de saber. Es gracias a este mito que el esencialismo ha tenido tanta vigencia. Supuestamente tendríamos una tendencia "natural" a tratar de saber quiénes somos, cuál es nuestra esencia y nuestro sentido de la vida. Este mito respondería al mandato griego de "conócete a ti mismo". Y si buscamos saber quienes somos es, en buena cuenta, porque supuestamente somos algo.
• El mito de la hipótesis represiva. Este mito plantea que la represión social nos mantiene alejados de "nuestra verdadera esencia". Ésta permanecería reprimida en lo profundo, en el inconsciente, y es nuestro deber, para realmente liberarnos, el vencer la represión y accesar a dicha esencia.
• El mito de la narrativa de la emancipación. Los diversos enfoques psicológicos y psicoterapéuticos proponen medios y vías para emanciparnos de la tiranía de la represión. Siguiéndolas seguramente seremos libres, y estaremos lejos de la patología que la represión conlleva.
El gran inconveniente de estos mitos, es que generan tecnologías del yo y prácticas derivadas de ellas, que tienden a perpetuar ciertas concepciones y a descartar otras. Basándose en el poder y el rol de expertos, los que detentan estos discursos dominantes indican caminos a seguir que corresponden a agendas sociales e ideológicas bien concretas, y a cosmovisiones que normalmente no tienen nada que ver con las personas que supuestamente van a ser liberadas. Son nuevas formas de colonialismo, a fin de cuentas.

LA IDENTIDAD COMO UN RELATO SOCIALMENTE CONSTRUIDO.-
• No esencialismo. El CS no es proclive a pensar que los seres humanos tenemos esencias o naturalezas que nos definen. Esta forma de ver el mundo y a las personas es revolucionaria precisamente porque plantea que somos construcciones sociales, al igual que lo son las cosas, las ideas y teorías, que se pueden decir sobre nosotros. No somos naturaleza ni somos esencia; somos historia. Todo lo demás no pasa de ser hipótesis, respetables eso sí, siempre y cuando no se pretenda imponerlas como verdades, o se usen para justificar prácticas de dominio y control.
• Historicismo. Al ser una construcción social, el ser humano es resultado de un proceso histórico permanente. Su existencia es el devenir y no es algo acabado o concluido. Tampoco tiene por qué serlo. La comprensión CS entiende que también lo que se dice del ser humano y de su esencia tiene un origen y responde a ciertas circunstancias sociohistóricas. Además, está limitado por dichas circunstancias. Ser consciente de ello es un buen inicio para dejar atrás las concepciones absolutistas y totalizadoras, y cualquier intento de imposición.
• Contextualización. Dependemos del contexto en el que vivimos; tanto para ser como para conocer. Parafraseando a Wittestein podemos decir que los límites del contexto (que en buena medida es verbal) son los límites de mi mundo. El CS reconoce eso, y sabe que lo que se dice sobre las personas siempre se dice desde un punto de vista determinado, surgido de unas condiciones determinadas. Nadie es neutral ni objetivo. Las teorías sobre las esencias y las naturalezas humanos tampoco lo son. Lo más trágico es que las personas emiten los juicios y creen ser objetivos, porque se basan en datos "científicos". Como sí la ciencia fuese neutral.

POSIBILIDADES Y PERSPECTIVAS DE UNA VISIÓN SOCIOCONSTRUCCIONISTA DE LA IDENTIDAD.-
El CS nos ofrece un amplio contexto para entender al ser humano como lo que es (o parece ser): un ser social. Lejos de dogmatismos e imposiciones, plantea un sano relativismo que da cobijo a múltiples formas de entender a las personas y a la sociedad. En ese sentido, es liberador y alérgico a cualquier totalitarismo. Lo suficientemente escéptico de la Verdad (con mayúsculas), como para buscar la conciliación y favorecer la convivencia. No deja de lado el pensamiento crítico, pero a diferencia de otros enfoques, no sólo lo usa para las ideas ajenas, sino para toda idea o doctrina, incluidas las propias. Es en ese sentido que creemos que el CS hace posible cumplir con la invitación que Heinz von Foerster hacía a los terapeutas: "Actúen siempre de modo que incrementen el número de posibilidades".

jueves, 26 de septiembre de 2013

UN ORATE EN LA CATEDRAL



Me encontraba escuchando misa en la Catedral de Trujillo. Junto conmigo decenas de personas hacían lo mismo,  y otras más acompañaban, fotografiaban y filmaban a un grupo de jóvenes que se confirmaba ese domingo. En esas estaba, concentrado, cuando percibí un penetrante, casi nauseabundo, olor. Giré buscando en todas direcciones de dónde provenía, cuando me percaté del hombre aquel, de unos sesenta o setenta años, vestido con un pantalón de buzo y una chompa, viejos y extremadamente sucios. Disculpen la crudeza, pero parecía haber pasado la noche sobre un charco de orina y heces.


A todas luces se notaba que era un indigente, una persona que vive a la intemperie, un "loquito", de los que de vez en cuando se ven circular por nuestras calles.  
Parado junto a los parroquianos, observaba con escaso interés lo que ocurría, y a nadie parecía llamarle la atención su presencia. No obstante, cuando el olor que emanaba de él los envolvía también a ellos, se abría un espacio en torno al hombre, de modo que inexorablemente terminaba solo y alejado de los demás, como en una isla. La muestra más evidente de esta curiosa reacción fue cuando una mujer sentada en una banca cercana se levantó para fotografiar a uno de los confirmandos, y la mujer de al lado, que aún no notaba el olor, lo vio y, al percibirlo tan mayor y con esa actitud lastimera, lo invitó con un gesto a sentarse junto a ella. Supongo que sobre la marcha se arrepintió de su amabilidad, pues de inmediato se levantó y tomó distancia, y lo mismo hicieron todas las personas sentadas allí. Como todos empezaron a evitar esa banca, al final nuestro personaje nuevamente se quedó sólo, con toda el espacio disponible para él y sus emanaciones.
Esta escena me llevó a pensar sobre ciertos temas que de inmediato les planteo.
Es innegable que nuestro oloroso personaje encaja en esas construcciones sociales denominadas comúnmente como "enfermedad mental", "locura" o "psicosis". Tanto los entendidos como los profanos, de ser preguntados, explicarán su conducta apelando al argumento de que padece una enfermedad, de muy probable base orgánica y neuroquímica. Incluso hasta se podría hablar de lesión o daño cerebral, demencia senil o algo similar. Con eso sería suficiente para quedarnos tranquilos y pensar que ya tenemos una plena comprensión de lo observado en él. Si está tan errático, sucio y apestoso, y encima no parece darse cuenta o importarle, definitivamente es que debe de estar loco.
No obstante, yendo más allá de las atribuciones y explicaciones comunes, la dinámica descrita (entre la gente y él, y entre él y la gente) me invitó a pensar en términos más relacionales, tratando de apegarme a una visión socioconstruccionista.
En el CS se considera que la identidad, lo "mental", lo que pasa "dentro de la cabeza", es algo que se construye y se mantiene relacionalmente. Es un relato que se teje y se desteje, y de vuelve a tejer en la interacción con los demás, utilizando el lenguaje como materia prima. La identidad personal se negocia, se afina, en las conversaciones que mantenemos con los otros significativos. No es una esencia ni es algo que habita en las neuronas solamente, encerrado en sí mismo, hermético. La identidad es una historia, generada en un contexto social, que hilvana como un collar de cuentas diversas experiencias que, sumadas, nos permiten sacar conclusiones acerca de quiénes somos y decir "yo soy esto", "yo soy así".  La identidad, entonces, es un relato que le da significado a lo que vivimos cotidianamente, y sirve para organizar (o desorganizar, dependiendo de lo rica o pobre que sea) nuestras conductas.
Desde esa visión del ser humano podemos entender que nuestro personaje se encuentra atrapado en una situación de la que difícilmente puede salir: si la identidad es relación, y para ser funcional tiene que actualizarse constantemente, "negociarse" en las conversaciones con los demás (relaciones y conversaciones que son su hábitat "natural"), el aislamiento en el que se encuentra impide que esa negociación se dé, y la persona queda inmersa en un relato identitario pobre, ralo, débil y disfuncional. Un relato totalizador sobre él, que deja de lado muchas otras vivencias e intenciones que nadie ve (ni siquiera él mismo), porque de eso no se habla. Y si no de habla de eso, "eso" simplemente no existe.
Por su extrañeza y suciedad, la gente que lo rodea tenderá a aislarlo cada vez más, en diversos contextos, haciendo del aislamiento y la marginación una condición de vida. Así, el círculo vicioso se va a dar casi inevitablemente: aislado de un contacto social adecuado,  donde se den conversaciones que lo ayuden a enriquecer el relato acerca de su identidad, y le permitan construir una imagen rica de él, su identidad se va desdibujando o difuminando, y con ello su conducta se torna "loca". 
Tener una identidad pobre lo torna errático, tal como lo describimos, y mostrarse errático lo lleva a ser juzgado según los discursos dominantes en boga sobre la salud mental. Las prácticas dominantes en uso dentro del "sentido común" aconsejan a la gente apartarse de él por ser demasiado extraño, con lo cual lo privan de lo único que puede ayudarlo: el contacto humano, las relaciones humanas, único crisol donde se forja y se mantiene la identidad.

viernes, 12 de julio de 2013

BREVE (O NO TAN BREVE) AUTOBIOGRAFIA PSICOTERAPEUTICA 2.-


Mi estancia en el Hospital Hermilio Valdizán fue de seis meses. Fui como pasante. Me aceptaron en la Unidad de Terapia Familiar del Departamento de Salud Mental del Niño y del Adolescente. Tanto el departamento como esa unidad estaban a cargo de psiquiatras psicoterapeutas formados en terapia familiar sistémica en Bélgica. Se ubicaban, por suerte, bien lejos del paradigma médico y biologista, y no medicaban si no lo consideraban imprescindible. Aprendí mucho, viendo primero, y luego participando en las entrevistas familiares. Toda la problemática tratada era convenientemente contextualizada y vista desde una óptica relacional. 
Recuerdo un caso, que ya llevaba un buen tiempo tratándose cuando llegué, de un adolescente diagnosticado primero con un cuadro "psicótico desintegrativo", inicialmente medicado, que fue evolucionando favorablemente al tratarse, junto con la madre, el duelo por la muerte inopinada del padre y que los tenía atascados. Pude constatar en ese caso muchas de las ideas sistémicas acerca del entramado familiar que se haya detrás de las "psicosis" y los "trastornos graves" de la personalidad. Sin ese marco de referencia, y con otros profesionales más tradicionales, el chico habría terminado muy medicado, dopado e inutilizado, cargando con un diagnóstico que lo arruinaría de por vida. Si bien no fue un caso fácil, y tomó más de año y medio tratarlo, cuando me fui de allí había evolucionado bastante y estaba bien lejos de aquel quinceañero de apariencia bobalicona, que no podía hilar un pensamiento sensatamente ni seguir una conversación. Ahora ya planeaba su futuro y pensaba hasta en tener enamorada.
Hubo otro caso, en cambio, al que vimos pocas veces, de un quinceañero hijo de un policía que había cometido diversas transgresiones que mantenían en vilo a su familia: inventó que un cura lo había violado; se escapó de casa e hizo creer que lo habían secuestrado, y a través de un amigo llamaba a su padre para extorsionarlo y pedirle plata, haciéndose pasar por terrorista de Sendero Luminoso. Cuando todo esto se supo fue llevado a consulta. Lamentablemente los padres no perseveraron y finalmente lo llevaron al Hospital Central de la Policía, donde yo trabajaba antes de mi pasantía, y allí lo diagnosticaron de esquizofrénico y lo medicaron con anti psicóticos. En una visita que hice a ese hospital me los encontré por casualidad a él y al padre, y éste me informó de las novedades. Vi al chico "duro" por la medicación, bien "impregnado" como se dice en la jerga psiquiátrica, pero el papá estaba contento porque " al menos ya no daba problemas". Lobotomía química en todo su esplendor. La teoría del chivo expiatorio se notaba aquí con claridad: los conflictos familiares a buen recaudo, intocables, sin ser tratados ni ventilados, y un hijo sacrificado de por vida en pro de una precaria homeostasis familiar. El hijo enfermo iba a mantener la atención de los padres bien distraída de otros problemas más acusiantes y peligrosos de tratar. Allí me convencí de que hay familias que sí necesitan un enfermo en casa para funcionar. Y que los psiquiatras siempre  están dispuestos a proporcionarles uno y a actuar como controladores sociales de lo "desviado". 
Al volver de mi pasantía y reincorporarme al Hospital de la Policía, mi jefe me puso a cargo  de la Unidad de Terapia Familiar y de Parejas. Fue una experiencia tranquila e interesante. Digo tranquila porque negocié, casi exigí, que no me hicieran ver un paciente cada media hora, como era usual (mismo Essalud), sino una familia por hora. Así que veía cinco al día y luego era libre.
Meses después un amigo de la universidad me llamó para invitarme a trabajar en Trujillo en la universidad donde él laboraba. Necesitaban un terapeuta familiar. Le dije que sí me esperaba seis meses podría decir que sí, pero que en ese momento me era imposible. Por suerte aceptó, y eso me dio tiempo para ir digiriendo la idea de salir de Lima, vivir en provincias, y dedicarme a la docencia.
A inicios de abril del 97 ese gran paso en mi vida.

lunes, 20 de mayo de 2013

Y TÚ, ¿EN QUÉ MOMENTO DECIDISTE SER HETEROSEXUAL?

"Eso es verdad...desde tu punto de vista".
Paul Watzlawick
 
Voy a ingresar en un terreno espinoso, caldeado, potencialmente traumático. Para ello me colocaré, preventivamente, rodilleras y casco, e incluso gafas protectoras, para esquivar algún ataque artero de los "politicocorrectistas" (esos adictos a lo políticamente correcto que, por su fanatismo, terminan siendo políticamente incorrectos con aquellos que discrepan de sus puntos de vista). Preparados...¡let's go!.
Hace unos días, el 17 de mayo, se celebró el Día Internacional contra la Homofobia. Me parece que es un día importante donde se recalca la necesidad de seguir luchando por la igualdad de derechos y por aceptar la diversidad de las personas. Plenamente de acuerdo, y es lo mínimo que podemos pedir si queremos vivir realmente de modo civilizado. No obstante, eso da pie para que se suelten, muy alegremente, ciertas ideas sobre la "naturaleza humana" que necesitan pasar por el tamiz de la crítica socioconstruccionista, a riesgo de convertirse, de no hacerlo, en un nuevo discurso dominante. Y en eso radica lo espinoso: en criticar este nuevo discurso politicocorrectista.
A la idea "homofóbica" de que la identidad sexual se aprende o es una opción, se le contrapone (desde el discurso LGBT) la idea de que se nace con dicha identidad, y que nadie escoge o aprende a ser homo, hetero, bi o trans. Como diría el tío Marco Aurelio Denegri, "se viene así de fábrica". Digo que la idea del aprendizaje es tildada de "homofóbica" porque muchos se agarran de ella para deslizar la otra idea de que las conductas no heterosexuales son, por consiguiente, "malos aprendizajes", "trastornos", "parafilias" o abiertas "perversiones". Los más "humanitarios" la usan también para sugerir que se puede cambiar dichas conductas, que hay tratamientos adecuados, e instan a los no heterosexuales a ingresar en dichos programas (que me recuerdan al tratamiento Ludovico, de la Naranja mecánica), a fin de tener vidas más "normales". Si el actual discurso LGBT y politicocorrectista enfatiza lo natural y el innatismo es, creemos, porque con eso se pretende liquidar cualquier argumento en contra y apelar a la política de los hechos consumados: "Así nacen y tienen derecho a ser"; "No es perversión; es genética"; "Ni vuelta que darle: o los aceptan plenamente o caen en una incitación al genocidio". "La homofobia, grande o pequeña, es tan nefasta y guiada por el odio, como lo pueden ser el racismo y la misoginia, al no aceptar algo tan natural".
Partamos de algunas cosas puntuales: estamos contra la homofobia y contra la marginación de cualquier tono y pelaje, y por la razón que fuere. Cada quien tiene derecho a ser lo que desee y como lo desee, si no viola la ley y los derechos de otros. Pero eso no nos puede llevar a aceptar el discurso dominante acerca de una naturaleza sexual innata, hetero, homo, bi o trans, como condición necesaria para aceptar el derecho a la diversidad y a vivir acorde con las historias preferidas de cada persona. Al ubicarme dentro del pensamiento construccionista social, posestructuralista y posmoderno, no puedo estar de acuerdo con la idea de una naturaleza humana que determina, gracias a la dictadura de los genes o a las dimensiones de nuestro encéfalo, lo que somos y cómo lo somos. Y por más que esa visión biologista esté ahora al servicio de una buena causa (y no olvidemos que antes sirvió a propuestas fascistas como la eugenesia y la limpieza étnica) no deja de ser trasnochada y esencialista, impuesta por presión política y sin ninguna evidencia que la respalde. Además, y eso es lo peor de todo, impone formas de ser y recorta posibilidades.
Creemos que la identidad personal (o el yo, el self, o la personalidad) es un construcción negociada y re-negociada socialmente. La identidad es una historia dominante acerca de nuestras experiencias y de lo que somos, insertada en una línea temporal, que viene del pasado y se proyecta en el futuro, dándonos una sensación de continuidad y de haber-sido-siempre-así. Es una gran conclusión (temporal, momentánea), compuesta de conclusiones más pequeñas, acerca de nosotros mismos, formada y mantenida en el ir y venir de las relaciones interpersonales.
Metafóricamente hablando, la identidad es como una gran novela co-escrita en el devenir cotidiano con los demás, y de la que no podemos tener una imagen completa debido a su amplitud. Podemos conocer el argumento general (el cual influencia en el cómo se irán escribiendo los subsiguientes capítulos, dando una sensación de tendencia e inevitabilidad), pero generalmente sólo tenemos presente lo que "somos" ahora. De allí que al tratar de comprendernos, caigamos fácilmente en la ilusión de ser de una complejidad incomprensible, de estar a merced de un inconsciente inescrutable o de estar bajo los designios de un determinismo biológico, que resulta siendo un manido explicalotodo.
Una historia, por más amplia que sea, no deja de ser historia. Y, eso sí, siempre es incompleta. Siempre hay experiencias que no se han incluido y narrado, y por ello siempre podemos enriquecer nuestras historias, y tratar de ser como queremos. El único impedimento (y disculpen que suene a libro de auto ayuda) es creer que no se puede. La identidad, en síntesis, se construye. Y eso incluye a la identidad sexual o de género.
No se nace nada, en lo que se refiere a la conducta. Los genes y lo innato podrán determinar nuestra contextura, estatura, color de piel o de ojos, pero no lo que somos. Y menos lo que deseamos. Creer lo contrario no es práctico, no está probado (y no creo que lo esté nunca) y es muy peligroso. Siempre hay algún aspirante a tirano dispuesto a servirse de estas hipótesis para imponer su agenda nefasta. Además, a los psicoterapeutas (y digo esto sin ninguna referencia a tratar o no a los LGBT por ser LGBT) nos resulta más practica la metáfora de la persona como historia en constante re-escritura, que la otra metáfora de la persona terminada y biológicamente condicionada.
"¿Y tú, cuando decidiste ser heterosexual?".- Preguntaba una amiga del Facebook, seguidora, al parecer, de la hipótesis innatista. Si te agarra mal parado esa pregunta puede hacer trastabillar a cualquiera (hasta al propio Kenneth Gergen, en su cuarto de hora). Claro, puedes echar un rápido vistazo a tu interior, a tu historia (o a lo que tu memoria te permita rescatar de ella en ese momento), y concluir: "Chispas, efectivamente, yo siempre me sentí hétero (u homo o bi). ¿No recuerdo haber decidido serlo. Siempre lo fui". Listo, caíste en la trampa, en la ilusión de que no se escoge o no se negocia lo que somos. "Siempre me gustaron los hombres" o "siempre me gustaron las mujeres" o "siempre me gustaron las mujeres y los hombres". Incluso, como hacen algunos transgénero, puedes apelar al recurso de ir lo más atrás que puedas en tu historia para probar que tu sensación de estar en el cuerpo equivocado viene desde siempre, y que, por lo tanto, no lo aprendiste (vale decir, que es innato).
La verdad de la milanesa está por otra parte. La identidad sexual, al igual que las demás identidades que poseemos (para la visión posmoderna, el yo o la identidad no es única, sino variada y múltiple), se va construyendo en las interacciones diarias, en las experiencias que se van narrando de cierto modo, en los colectivos a los que pertenecemos. Lo que tú crees ser no sólo surge de tus experiencias, sino de las historias preestablecidas acerca de lo que es aceptable y de lo que no lo es, acerca de esas experiencias; de lo que ocurre, de lo que puede ocurrir y de lo que puede ser incluido en una historia. Al igual que sucede con las cajas chinas, las historias se incluyen dentro de otras historias más amplias que les otorgan sentido, y éstas a su vez, se desprenden en parte de discursos dominantes, que son las historias asumidas colectivamente como verdades. Tus experiencias, entonces, o algunas de ellas, tienen que integrarse en relatos o historias para que cobren significado y den forma a tu vida. Las experiencias o vivencias, per se, no tienen mayor relevancia. No la tienen, insistimos, si no forman parte de una historia que les de alguna significación. Alfred Korzybski decía: "El mapa no es el territorio" . Yo creo que más bien que en el plano de la identidad el mapa CREA al territorio.
La identidad como relato de uno mismo termina dando forma y seleccionando a las experiencias que tenemos. La historia dominante ("soy esto" , "jamás seré esto otro", "eso no soy yo"), cuanto más dominante y rígida es, crea una especie de visión de túnel o de ceguera selectiva hacia otras posibilidades de ser y de verse uno mismo, de entenderse, y terminamos convencidos de ser así desde el vientre materno y de no poder cambiar nunca. A esto hay que sumarle la poderosísima ingerencia del grupo y de la cultura, que válida o rechaza y co-construye esas versiones de uno mismo. El proceso puede parecer individual, pero es, y solo puede ser, colectivo. Cultural.
No se me mal intérprete: no somos seres pasivos y condicionados; el proceso es una negociación y siempre tenemos algún margen para escoger qué versión o versiones predominarán, y por cuánto tiempo. Hay mucho de conveniencia también aquí. Este proceso de "editar" la identidad, y de alcanzar otras formas de verte y entenderte sólo es posible si crees que lo es (¡ups!, otra vez sonó a autoayuda). De lo contrario ni lo vas a intentar. Sucumbirás acríticamente a los discursos de imposibilidad, que a su vez se respaldan en discursos dominantes sobre "verdades incuestionables" y "sentido común", y terminarás comprando la idea de que eres lo que eres, lo que siempre has sido y lo que siempre vas a ser. Que es imposible cambiar.
¿Cuándo uno "decide" que es heterosexual, homosexual o bisexual? No es una decisión. Son pequeñas y diversas decisiones o aceptaciones (en el sentido de aceptar o validar lo que se dice de uno como algo que uno es) que se van dando cada cierto tiempo en ese proceso de negociación del que hemos hablado antes. Es un proceso influenciado por las vivencias (la materia prima), las historias que ya trae previamente construidas, las historias del grupo o grupos a los que pertenece, los discursos dominantes y, en fin, la cultura y lo que ésta ofrece y/o prohibe.
Por su misma complejidad, es muy difícil darse cuenta de ello; salvo que se le plantee al sujeto la necesidad de darse cuenta; de hacer de su proceso de generación de identidad el objeto de análisis. Construir una historia de cómo crea sus historias. Normalmente los psicologos no lo hacemos. Desde las teorías tradicionales, basadas en conceptos y teorías dormitivas, damos por sentadas muchas cosas sobre la "naturaleza humana". Se debe al construccionismo social, a la terapia narrativa y al posestructuralismo el empezar a ver lo mental como un relato, y como algo que se gesta y se mantiene entre las personas, en lugar de ser algo que surge o vive sólo de el y en el individuo. No se "descubre" la identidad sexual en la soledad de tu habitación. Se hace en el ir y venir de las relaciones con los padres, maestros, amigos; escuchando lo que se dice de uno y de otros ("pero qué macho es", "este es medio rarito ¿no?", "mírala qué femenina"); leyendo; pasando por ciertos rituales sociales y de paso; probando y comprobando diversas experiencias, y tomando prestadas las etiquetas con las que vamos a darles forma y sentido. Cada cierto tiempo validas, aceptas, confirmas, te resignas...En algún momento, tal vez, lo problematizarás. Y quizá te preguntes: ¿siempre fui así...? Nadie es; todo el mundo cree ser. Todo el mundo puede ser. La idea es autogenerarse; autogestionarse; autoagenciarse; sublevarse ante las formas rígidas de definirse uno mismo, impuestas por la cultura dominante, y ampliar los horizontes hacia lo que se desea ser. La verdadera libertad radica allí. No en reemplazar un discurso dominante por otro.
PD: lo aquí dicho puede tomarse como ideas útiles, lejos de toda intención de verdad o de comprobación. Las comprobación y la verdad, como es sabido, son malas palabras, malévolas quimeras.

lunes, 13 de mayo de 2013

BREVE (O NO TAN BREVE) AUTOBIOGRAFIA PSICOTERAPEUTICA.-



"Recuerda hijito que nadie nace sabiendo".
                                                   Mi mamá.

Cuando estudiaba psicología, y poco a poco me iba acercando al final de mi carrera en la universidad, iba también entrando en una etapa de incertidumbre creciente y de duda acerca de mi futuro. Me explico: la universidad donde estudié fue creada bajo el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado (el Chino Velasco, como le decían) -esa especie de Hugo Chávez peruano de los sesentas- y parece que la idea al crearla era educar profesionales destinados a servir al "proceso revolucionario de las Fuerzas Armadas" (sic). En otras palabras, supuestamente deberíamos haber sido formados como profesionales socialmente comprometidos, nacionalistas, no-alineados y dispuestos a trabajar en el SINAMOS (El Sistema Nacional de Movilización Social, esa entidad del gobierno destinada a movilizar a las masas en apoyo a la dictadura y sus reformas, ¿se acuerdan los cincuentones y sesentones?). Los psicólogos, por consiguiente, estábamos destinados a ser psicólogos sociales y/o comunitarios, supuestos conocedores de lo profundo del alma peruana, se su entraña andina, y de cómo ayudar a los militares a quedarse unos veinte o treinta años en el poder, sin tener que recurrir siempre a los tanques.
En consonancia con esa intención, el currículo de la facultad estaba saturada de cursos de metodología de la investigación, de psicología social y de psicología de los grupos. Los cursos sobre psicoterapia se reducían a ... cero, nada, ni uno. El único que más o menos se acercaba a la temática terapéutica era el de Consejo Psicológico, y le debo a esa materia y a su profesor, mi por entonces gran interés (ahora menguante) por el humanismo.
Hicieron, entonces, un buen trabajo conmigo, ya que salí convencido de que no podía ser otra que un "investigador en psicología social". Me había leído dos o tres libros completos y gordos sobre el tema, y me sentía (o más bien, me tenía que sentir) competente en el campo. El único problema era que nos encontrábamos a fines de los ochentas y ya a nadie parecía importarle la psicología social, el alma de los peruanos, y temas similares. Además, creo que nunca les importo demasiado después de todo; al menos no como para pagarle a alguien un sueldo por estudiarlo.
¡Chispas! ¿Y ahora? Durante un año y medio trabajé como ayudante de investigación del profesor de Consejo, quien me pagaba el equivalente a un sueldo mínimo por ayudarlo a aplicar, calificar y tabular encuestas en un par de investigaciones sobre ancianos que él estaba realizando. Pero la cosa no parecía tener mucho futuro, pues la subvención que él ganó, y que era la fuente de mis ingresos, duraba un año y luego adiós. Como era de esperar, mi padre me bajó de la nube dándome a entender que mi época de cobrar sueldo de hijo había caducado en ese preciso momento, y que tenía que empezar a trabajar "en serio", pero ya.
La única alternativa que se me presentaba era la de ingresar, a expensas del tarjetazo de una tía, a trabajar en el Ministerio del Interior como empleado público. Se cumplía así esa especia de karma familiar que yo siempre traté de evitar, o por lo menos postergar: ser un burócrata del Estado.
Debo confesar que esos fueron los peores años de mi vida. Quien haya leído "La tregua" de Mario Benedetti entenderá lo que digo. Yo era psicólogo e ingresé nombrado como tal, pero en los cuatro años que permanecí allí nunca tuve la oportunidad de ejercer ese rol, pero ni por casualidad. A pesar de habernos juntados cuatro colegas, a nadie parecía importarle darnos un uso adecuado en una institución que contaba con varios cientos o miles de personas, y en la que un equipo de psicólogos habría sido de utilidad.
Tedio total, muerte en vida, marasmo, modorra insufrible, son algunas de las palabras que se me ocurren para graficar lo que sentía día tras día al dirigirme hacia la oficina, y a ello había que sumarle la culpa y la mala conciencia de saber que cobraba un sueldo (miserable, eso sí) por no hacer nada. Pero NA-DA. No es hipérbole, ¿se entiende?, No había nada que hacer. No sé en cuántos años se redujo mi esperanza de vida por honguearme allī, pero aún se me pone tieso el cogote y se me hace un nudo en el estómago de solo recordarlo (¡Brrrrrr!).
En esas estaba, leyendo libros y redactando mi tesis para no morir de aburrimiento, cuando una de las colegas, que no hacía nada al igual que yo (aunque a ella no parecía molestarle) me habló de su formación en Terapia Gestalt. Me interesó el tema y le pedí referencias. Me recomendó a uno de los más más de esa época en Gestalt en el Perú. No fue de inmediato, pero luego de pensarlo y de ir averiguando y averiguando, me inscribí en su formación. No lo sabía, pero había tomado una decisión que cambiaría mi vida drásticamente.
El año y medio que duró el entrenamiento fue en esencia positivo. Aprendí muchas cosas: cosas que repetir e implementar, y cosas que evitar como terapeuta y futuro docente. Pero lo más importante de todo fue que por primera vez me sentí psicólogo de verdad, vale decir, clínico.
Empecé a atender mis primeros pacientes, con metidas de pata y todo, y luego di otro paso importante: la esposa de mi profesor de Consejo Psicológico, psicóloga ella también, me recomendó para trabajar como psicólogo escolar en uno de los colegios más pitucos de Lima. Pedí un año de licencia en la burocracia y acepte el reto, muerto de miedo e inseguridad, y al mismo tiempo entusiasmado. Fue una experiencia agridulce que sólo duró un año, en la que seguí aprendiendo y delineando mi identidad profesional. Luego regresé al ministerio un par de años más. Después de eso lo dejaría, y esta vez para siempre.
Casi inmediatamente después de terminar la formación en Gestalt un colega y yo empezamos a dictar talleres cortos sobre esa terapia. Nos sentíamos súper competentes y capaces de superar al maestro. Fue una buena experiencia, y guardo de ella recuerdos gratos. Me ayudó a profundizar y pensar más la psicoterapia, y a empezar a desarrollar habilidades docentes que me servirían en el futuro. Para esta época ya me empezando a creer que podía ser un clínico, y que tenía derecho a serlo.
Entre los años 94 y 97 me formé en Terapia Familiar Sistémica. No recuerdo muy bien cómo llegué a ella. Al igual que pasó con la Gestalt, de la sistémica sólo había tenido una muy pálida referencia en la universidad, y ningún profesor nos hizo una clase al respecto. Ingresé al instituto FASIS en Lima, a cargo de tres experimentados psiquiatras: los Lovaina's boys. Les llamaban así porque los tres se habían formado en la Universidad de Lovaina, en Bélgica, y su centro tenía un convenio con esa universidad.
Fueron tres años de formación, donde poco a poco fui moldeando mi forma de pensar y adecuándola al paradigma circular (vale decir, dejando atrás el pensamiento lineal causalista y asimilando el pensamiento circular cibernético). Si bien ahora puedo mirar con ojo crítico lo que recibí, no dejo de agradecer que me mostraran esta interesantísima forma de pensar que marcó mi vida para siempre.
El primer año leí un cerro de textos que nos facilitaron. Estábamos en el proceso de "lavado de cerebro", como me gusta decir. Había que entender lo mental desde una nueva perspectiva, relacional, ecológica y sistémica. Atrás quedaron todos esos años de interesarse por el ser humano fuera de contexto, de hurgar dormitivamente dentro de su cabeza olvidándonos de las relaciones, de diagnósticos individuales y de DSMs. Poco a poco se iba abriendo ante mī un gran panorama que aún no se cierra ni se agota.
En mi último año de formación tomé otra medida más que me fue llevando hacia donde ahora estoy. Me enteré de que era posible gestionar y obtener un cambio de puesto, en calidad de destacado, al Hospital Central de la Policía . Total, pertenecía al mismo ramo del Interior, así que no era descabellado solicitarlo. Hice las averiguaciones necesarias e inicie las gestiones que me tomaron un par de meses. Conocí varias dependencias, de la policía y de la Sanidad, haciéndole el seguimiento al documento. Hablé con el director del Departamento de Salud Mental del hospital, y éste me aceptó sin mucho entusiasmo (estado característico en él, que al parecer sólo esperaba a que llegara su jubilación para rescatarlo del aburrimiento de su cargo) y me mandó, sin titubear ni mirarme siquiera, como psicólogo del pabellón de neumologia. Yo sabía lo que eso significaba (tu-ber-cu-lo-sis) pero no me importó ni lo medité demasiado. Por fin estaba fuera del Mininter y su tedio crónico, y eso era lo que importaba. Lo había logrado. ¡Yeh!
Recuerdo que mi primer paciente fue un hombre con tuberculosis terminal y multirresistente a los medicamentos. Los médicos no sabían que hacer con él y me lo enviaron a mí, aún no sé con qué fines. Supongo que querían que pague derecho de piso, o verificar si me quedaría y no me iría corriendo despavorido. El pobre hombre no dejaba de toser, y no hacía el menor esfuerzo por taparse la boca, a pesar de los ruegos de su esposa que lo acompañaba. De hecho, me tosía directamente en la cara. Estaba prohibido usar mascarillas, pues se suponía que eso podría incomodar a los pacientes y sus familias.
Así que allí estaba yo, viéndolo toser, e imaginando sus bacilos de Koch que, cual pirañas, salían disparados en busca de mis pulmones. Pero, créanlo o no, eso no me importaba mucho; estaba tan feliz de andar con la chaquetita blanca y pengándomela de "doctor" por fin, que los posibles contagios no me quitaban el sueño. No obstante, en un mes bajé cinco quilos. Me gustaba estar ahí por fin. Y también me estresaba. Creo que era por eso.
Casi sin darme cuenta inicié un macabro ritual: ir llevando la cuenta de los pacientes que no lo lograban, que morían por TBC, cáncer, sida u otras enfermedades que ahí se trataban. Un amigo de entonces me reprendía por hacerlo, ya que casi todas nuestras conversaciones derivaban, tarde o temprano, en un "¿te acuerdas del pacientes tal? Hoy se murió. Con ese ya van...". Y con el paso de los meses fui sintiendo la pegada de tanta enfermedad y de tanta muerte. Creo que me empecé a quemar...
Reducía mi tiempo con cada paciente; no me acercaba a los multirresistentes; empecé a hacer bromas crueles sobre la muerte y el morir, y terminé delegando casi por completo a mis practicantes, que por suerte me enviaron, casi todo el trabajo clínico (al pie de la cama, literalmente). También la preocupación por mi salud fue creciendo, y creo que poco a poco fui derivando hacia la hipocondriasis o la nosofobia.
Esto no debe llamar la atención. A diferencia de lo que pasa en otras profesiones (como medicina o enfermería) en ningún momento de nuestra formación como psicólogos (y menos aún en mi universidad "revolucionaria" y "socialmente comprometida") se nos preparó para trabajar con pacientes de enfermedades físicas, y menos aún con terminales o moribundos.
Luego de catorce meses en neumología un cambio en la jefatura del Departamento de Salud Mental me sacó de ahí. El doctor en jefe, indiferente y ahuesado desde hace años, fue cambiado o se jubiló. En su lugar llegó otro psiquiatra, precedido de una aureola temible de ser súper exigente y despótico. Sin embargo, este doctor resultó ser una buena persona, interesado en el desarrollo de su personal, y con la intención de que cada uno dé lo mejor de sí, según sus capacidades y formación.
Cuando se enteró que yo estaba en el ultimo año de mi entrenamiento en terapia familiar me ofreció crear en el hospital una unidad de terapia familiar y de pareja, que estaría a mi cargo. Yo le solicité que, previo a eso, me concediera seis meses de licencia para hacer una pasantía en el Hospital Hermilio Valdizán, y él aceptó sin titubear. Sólo me pidió a cambio que me tomara un tiempo para enseñar lo que había aprendido a los colegas del servicio que desearan aprender, y a mi regreso me pondría al frente de la unidad.
Fue así como le dije adiós a neumología. Como ritual final, y para estar seguro, me tome unas placas de los pulmones y le pedí a uno de los neumólogos que las chequeara. Cuando me dijo que todo estaba OK pude respirar tranquilo otra vez.
Ahora sí me esperaba un futuro promisorio...
(Continuará)

sábado, 23 de marzo de 2013

¿LA POSICION DESCENTRADA ES UN FAVOR QUE SE LE HACE AL CONSULTANTE?

En nuestro grupo ECOLOGIA MENTAL, que es una especie de prolongación del diplomado de narrativa con los amigos de PRANAS, estuvimos conversando en nuestra última reunión sobre la práctica descentrada en terapia.

La postura descentrada hace referencia a que en las prácticas narrativas el terapeuta no asume una postura de superioridad, de saber, de profesional que dirige, diagnostica y cura. Al contrario, el terapeuta no es el centro; el centro lo es el consultante y sus historias, que trata de resolver algún problema o situación que lo aqueja.
 
La impresión que me quedó luego de escuchar las opiniones vertidas en el grupo es que el descentramiento del terapéuta podría malinterpretarse básicamente como una actitud "politicamente correcta", humanitaria, como una concesión que el terapeuta hace desde su elevado humanitarismo y sensibilidad social, a las personas que consultan. Y creo entender que no viene de ahí. La postura descentrada es la consecuencia esperable, "natural", de la postura posestructuralista y socioconstruccionista en la que se sitúan las prácticas narrativas. Más concretamente, viene de la postura de no saber, de la ignorancia como actitud, de la curiosidad legítima y no fingida por la experiencia y la historia del otro.

Cito lo siguiente de "Medios narrativos para fines terapéuticos" (pag. 27): "Los expertos en ciencias sociales llegaron a la conclusión de que no podemos tener un conocimiento directo del mundo, y que todo lo que las personas saben de la vida lo saben a través de la <experiencia vivida>". Esta cita creo que nos dice que en relación con el mundo solo tenemos experiencias (y experiencia es lo subjetivo, no el conocimiento objetivo) y relatos construidos colectivamente para organizarlas y darles un sentido. Ergo: conocimiento = experiencia + relato. Y de esa ecuación no escapa ni el terapeuta, con todos sus posgrados y experiencias acumuladas.

De allí que el tema del descentramiento del terapeuta no sea solo la expresión "buena gente" de alguien que es consciente de su posición de poder, decide "bajar al llano" y ponerse de igual-a-igual con el consultante. También es resultado de la constatación de que no sabe más que el consultante, y que de la posición "descentrada e influyente" realmente no se puede pasar. Creo que entender esto es crucial para sostener esta postura descentrada, y no verla como un sacrificio no sostenible en el tiempo. El que realmente sabe, porque es su experiencia, es el consultante. Lo que éste aun no sabe (y para eso sí estamos nosotros) es que el conocimiento que él tiene de sí mismo es imcompleto, y que hay una buena porción de experiencia no narrada que espera ser descubierta para cambiar su historia. Y con ella, su vida.

Entonces, la postura descentrada es lo mínimo que un terapeuta puede empezar por ofrecer, si es que entendió el abc del posestructuralismo, el socioconstruccionismo y la posmodernidad.

Es curioso y paradójico, entonces, que el "terapeuta estúpido" (J.A. dixit) no sea tan estúpido despues de todo.