sábado, 30 de junio de 2018

¿TIPOS DE PACIENTES O TIPOS DE RELACIONES? PAUTAS DE INTERVENCION


Las personas que acuden a consulta pueden venir en diferentes estados o momentos, con disposiciones distintas para trabajar. Hay que tener en cuenta que todo ello responde más al estado de las relaciones que el consultante establece con otros, entre ellos el terapeuta, antes que a rasgos de personalidad o de carácter.
La postura o tipo de relación que establece el consultante inicialmente es un dato más a tomar en cuenta para adaptar nuestra estrategia a su postura. 
Es bueno recordar que desde la TBCS se considera que la “resistencia no existe” y que cuando la persona parece no querer colaborar, esto es más una apariencia que una realidad. Todos colaboran, pero lo hacen de maneras diferentes. Es deber del terapeuta identificar el estilo de colaboración de su cliente y adecuarse a él.
Adoptar la postura del cliente permite ir creando posibilidades para que ocurran los cambios que sean necesarios.


Paciente en relación “comprador”

  • En el transcurso o hacia el final de la sesión, el terapeuta y el paciente identifican un problema concreto, más o menos delimitado, y un objetivo específico a lograr durante el tratamiento.
  • El paciente se ve como parte activa y principal de la solución y para el logro del objetivo.
  • Está dispuesto a hacer algo respecto al problema; motivado a involucrarse y a colaborar
Estrategia general: 
Es recomendable utilizar la abierta disposición de los consultantes para colaborar, planteándoles sugerencias o tareas que aprovechen sus recursos, ya que la probabilidad de que las cumplan, y con ello se vayan construyendo los objetivos, es alta.


Paciente en relación “visitante”


  • Paciente y terapeuta identifican una dolencia o problema y unos objetivos concretos.

    • Pero no identifican los pasos concretos que el paciente necesita dar para alcanzar la solución.
    • Los consultantes no llegan a visualizarse como parte de la solución, y creen  que ésta solo se dará cuando otra persona distinta a ellos cambie.
    • El problema es de otro y ellos están preocupados para que ese otro cambie.
    Estrategia general:
    La estrategia más adecuada aquí se puede sintetizar en lo que llamamos “la pregunta mágica”. 
    Dicha pregunta es la siguiente: “¿Si pudieras hacer algo para ayudar a esa persona, lo harías?... ¿Podemos hablar de lo que podrías hacer que ayude a esa persona?”. 
    Cualquier variante de dicha pregunta puede ser útil y tener el mismo efecto.
    La respuesta afirmativa a esta pregunta cambia de posición al cliente demandante; automáticamente pasa de ser espectador  del cambio ajeno a sujeto del cambio en sí mismo.
    No siempre funciona, pero generalmente sí lo hace. En esos casos el “demandante” pasa a ser “comprador” y ya puede tratársele como tal.
    Para incrementar la probabilidad de que se produzca ese cambio es conveniente primero dedicarle unos minutos extra a hablar del problema que la persona plantea y, especialmente, de las consecuencias negativas que éste genera. Hacer esto puede generar en la persona un estado psicológico favorecedor para ese cambio de visión.

    Paciente en relación “visitante”
    • Paciente y terapeuta no identifican juntos una dolencia  o unos objetivos concretos.
    • Puede señalar que no existe problema alguno o que el problema pertenece a otra persona.
    • No ve razón para cambiar y menos para estar en terapia.
    Estrategia general:
    Es importante evitar “ponerse por delante del cliente”, evitar la posición “one up”. “Ir por detrás”, a su ritmo, es lo mejor. No tratar de convencerlo de la necesidad de aceptar y colaborar con la terapia. Evitar la reactancia.
    Se sugiere escuchar  tranquila y curiosamente la opinión que tiene el cliente acerca de por qué lo han enviado a consulta. Explorar especialmente cómo se siente al respecto, las emociones que eso le genera, puede crear las condiciones para confiar en el terapeuta. Hablar de lo emocional, del posible disgusto o frustración que el ser un “cliente rehén” le produce, puede convertirse per se en motivo de consulta.
    Después de hablar un tiempo sobre estos temas se le puede volver a preguntar si percibe algo sobre lo que podamos serle útil. Si ahora identifica algo que lo moleste y que quiera tratar es que empieza a pasar al rol de “comprador”.
    Como reserva siempre queda la posibilidad de hacerle ver que, por su condición de “rehén”, sí tiene un problema que tal vez no ha visto: que la persona que lo envió, y que parece tener cierto poder sobre él, cree que tiene un problema que desea ver resuelto. ¿Desea que lo ayudemos a librarse de esa presión? ¿Qué es aquello (mínimo) que la persona que lo envió desea ver que él cambie para dejarlo en paz? ¿Desea hablar de eso?
    Si pese a todo lo actuado no se obtienen resultados, se sugiere no dejarle ninguna tarea o sugerencia. Solo cabe felicitarlo por su asistencia y disposición a conversar, agradecerle el haber venido y dejar abierta la posibilidad de que nos llame cuando lo crea necesario.

    miércoles, 16 de mayo de 2018

    LA TÉCNICA DEL FUTURO DISTÓPICO



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    En la Divina Comedia Dante imagina que en las puertas del Infierno hay un letrero que dice "Quien entre aquí, pierda toda esperanza". Ese último mensaje del Dios danteano puede ser interpretado de muchas maneras, supongo, pero la que a mi me hace más sentido es la entenderlo como un último favor que el Hacedor nos brinda a los pecadores, para no sufrir en vano y más de lo que se requiere. Si los condenados al infierno van a sufrir los castigos por sus pecados, el sufrimiento será mayor si albergan algún tipo de esperanza de que dicho tormento, que será eterno, acabe alguna vez. No hay peor esperanza que aquella que no tiene asidero ni posibilidad.


    En base a esa reflexión es que quisiera compartir una intervención que se me ocurrió en consulta, en un momento de cierta “desesperación” por ayudar a una cliente a generar nuevas percepciones.
    Se trataba de una mujer joven, de unos veinticinco años, muy preocupada por el "alcoholismo" de su padre. Decía que los fines de semana ellos tenían fuertes discusiones cuando el papá llegaba ebrio de la calle y trataba de subir al segundo piso, a su habitación. En más de una ocasión se había caído o estado a punto, por estar muy mareado, así que la joven había optado por "montar guardia" y esperar a que el padre llegue e increparle su estado. El efecto, como cabe esperar, no era positivo sino todo lo contrario. El papá no sólo seguía tomando, sino que la relación entre ambos se había deteriorado.
    Las soluciones intentadas de esta chica eran las procurar, por uno u otro medio, que el padre entienda su punto de vista, tome consciencia, y que deje o disminuya su consumo de alcohol. Es aquí cuando me puse a pensar en cómo invitarla, primero, a renunciar a esas intenciones que contribuían a mantener el problema y, segundo, a hacer algo cualitativamente diferente. Actuar siguiendo el imperativo ético de von Foerster de actuar siempre de modo que se incrementen el número de posibilidades.
    Se me ocurrió así lo que luego pasé a llamar “la técnica de la fantasía distópica". Una distopía es lo contrario a una utopía; es decir, es una situación imaginaria pero con un carácter negativo. Por ejemplo, son distopías las películas futuristas estilo Mad Max, Terminator, o The Walking Dead.
    La fantasía distópica parte del supuesto que lo que mantiene a la persona en un problema relacional con otra, intentando una y otra vez lo que no funciona, es la esperanza de que la otra persona cambie, y por eso mismo, y debido a la presión que la primera ejerce en la dirección de lo que cree “deben ser las cosas”, mantiene sin cambiar a la otra.
    ¿Qué pasaría si, con cualquier estratagema, se la invita a perder la esperanza de cambio? ¿Seguiría con los mismos intentos al ver que nunca va a ocurrir lo que espera o, por el contrario, haría cualquier otra cosa cualitativamente diferente, ubicable dentro del llamado Cambio 2?
    Bajo la sospecha de que hasta la persona más trabada en intentos de solución que no rinden frutos, dejaría de intentar si se convence de que no va a resultar lo que intenta, es que le pedí a la joven que me siguiera la corriente en la situación imaginaria que a continuación iba a plantearle.
    Le dije: "Imagina que te topas con una bola de cristal que realmente ve el futuro, y que al indagar por el porvenir de tu padre te enteras de dos cosas. Primero, que va a vivir más de cien años en buenas condiciones físicas y mentales y, segundo, que pese a todo lo que haces no dejar tomar. Sigue tomando igual que ahora hasta el último de sus días. Sabiendo todo eso, ¿qué harías? ¿Seguirías con lo que vienes intentado hasta el momento, sabiendo que de eso no se va a morir? Sígueme la corriente, ubícate en ese escenario que te he planteado y desde ahí dime qué piensas".
    La joven se quedó pensando un rato y luego dijo que no tendría sentido continuar insistiendo con que no tome, ya que no lo dejaría. “¿Qué harías diferente entonces?”, le pregunté. Me dijo, “esperarlo, acomodarle un sofá para que duerma, prepararle una manta y una almohada, recibirlo con cariño cuando llegue y hacer que se acueste. Luego irme a dormir. Al día siguiente no decir nada. ¿Ya para qué?”. Agregué, “Me parece que por ahora tal vez te convenga actuar de esa manera, porque es sobre lo único que realmente tienes control”.  Ella asintió.
    Yo sentí que la persona, "al perder toda esperanza" de que el otro cambie, producto de visualizarlo en la imaginación, produjo un cambio perceptual que llevó también a un cambio en las respuestas posibles que tenía la chica frente a su padre. No está de más decir que al implementar ese pequeño cambio, el efecto "mariposa" que suele darse repercutió en otros aspectos, incluida, posteriormente, la tan anhelada disminución del consumo de alcohol.
    Esta "fantasía distópica" la he implementado en diferentes ocasiones, adaptándola a cada caso, con resultados similares.
    A veces la esperanza puede ser mal entendida y peor utilizada. Y a veces también, perder la esperanza de que las cosas ocurran como esperamos, según nuestras construcciones, lleva a que el cambio se dé, del modo que se desea, porque ya no insistimos en “más de lo mismo”.
    Perder (la esperanza) para ganar (esperanza) nuevos resultados.

    miércoles, 31 de enero de 2018

    ¿IZQUIERDA TERAPÉUTICA?


    No hay texto alternativo automático disponible.En cierta ocasión se me ocurrió utilizar como metáfora del espectro terapéutico en el que me muevo, y de las diversas escuelas o enfoques que lo integran, el espectro político que se da entre las derechas y las izquierdas.

                Como mi práctica se ubica casi exclusivamente en las llamadas terapias “constructivas”, que incluyen a las terapias constructivistas, las terapias construccionistas y las postestructuralistas, se me ocurrió que éstas se podrían ubicar hacia la izquierda del espectro terapéutico. La razón para ello es su carácter “revolucionario" y "progresista", su actitud anti autoritaria y su vocación por apoyar las causas nobles, sociales y de avanzada. Son terapias democráticas y liberales, por decirlo así, que confían en la persona-en-conversación con otras, y respetan su forma de ver el mundo y de verse a sí mismas.
                Dentro de esta "izquierda terapéutica” también podemos ver tendencias, que implican diferentes grados de “no saber”, y de asumir el pensamiento débil como filosofía. Además, de ser más o menos directivas en su accionar, confiando en las posibilidades generativas del lenguaje.
                En la centro-izquierda se me ocurrió que podríamos ubicar a la Terapia Estratégica Breve (TEB) del MRI de Palo Alto. Esta forma de hacer terapia comparte con el pensamiento débil la idea de que no es posible conocer la realidad tal y como es, y que en lugar de conocimiento objetivo solo tenemos construcciones personales que reflejan más nuestras experiencias que la realidad exterior.
                Según Maturana (Maturana y Varrela, 2003) nuestro sistema nervioso es un sistema cerrado y, por consiguiente, la “captación del mundo” no es posible. Los terapeutas que comparten estas ideas (Nardone y Portelli, 2006) consideran que las personas se guían por “autoengaños” patológicos o “autoengaños" terapéuticos. El rol del terapeuta sería, entonces, ayudar a crear, a través de intervenciones estratégicas cuidadosamente diseñadas, esos autoengaños terapéuticos que lleven al cambio.
                Si los coloco en la centro-izquierda, y no más a la izquierda, es porque los practicantes de esta terapia son muy directivos y tremendamente manipuladores (ÿ a mucha honra”, dicen); consideran que el terapeuta es el experto y confían mucho en sus estratagemas (Nardone, 2013) para lograr pasar del problema a la solución. Cabe aclarar que ellos no dictan cuál es la solución a la que hay que arribar, ni tampoco imponen cuál es la mejor forma de vivir (por eso se gana el derecho de estar a la izquierda del espectro). De hecho, consideran que el problema existe sí y solo sí hay alguien que lo considere tal. La terapia concluye en cuanto el cliente considera que el problema desapareció ,o que la situación que lo aquejaba ya no significa un problema para él.
                Un poco más a la izquierda ubico a la Terapia Breve Centrada en las Soluciones (TBCS). La razón para ello es que la TBCS es algo menos directiva que la TEB pero un poco más que las otras dos que siguen en esta lista. Tiene un formato preestablecido que seguir, aunque bastante laxo y flexible, y una orientación abiertamente dirigida hacia la búsqueda de soluciones. La TBCS no está abierta al diálogo de cualquier tipo y en cualquier sentido, sino al diálogo que lleva al logro de objetivos y metas, y a soluciones como su nombre lo indica.
                No obstante, la pongo hacia la izquierda del espectro porque es muy respetuosa de las definiciones que hace el consultante, tanto de lo que considera es su problema como de aquello que quiere lograr y considera la solución a dicho problema. El terapeuta centrado a las soluciones no manipula, como en el caso anterior, pero sí cumple una función similar a la de una “asesor editorial", haciendo las preguntas necesarias para ir identificando junto con el cliente los recursos que éste posee, y ver la forma más útil de ponerlos en práctica.
                Un poco más a la izquierda aún, tenemos a la Terapia Narrativa (TN). La “tendenciosidad" en este enfoque todavía puede identificarse, pero es mucho menos marcado que en las dos propuestas anteriores. Esto se nota en la búsqueda de desenlaces inesperados y en el tratar de “engordar" las historias preferidas de las personas que consultan. No es un conversar por conversar para ver qué sale o hacia a donde nos lleva el dialogo. No. Hay una intención definida y política, pero los procedimientos son más difusos o menos claros que en la TBCS y en la TEB. Es como sí los narrativos supieran en qué dirección quieren ir, pero que confían menos en la legitimidad de tal o cual forma de llegar ahí.
                El pensamiento débil está presente, entonces, pues no consideran que una forma de actuar tenga más derecho que otra, ya sea por sus fundamentos científicos o filosóficos. A lo más que llegan es a proponer “mapas" (White, 2016), pero un sector de narrativos se opone a ellos por considerarlos ajenos al espíritu que mueve a este tipo de terapia.
                Finalmente, en la "extrema izquierda” del espectro político-terapéutico sitúo a las Prácticas Colaborativas y Dialógicas (PCyD). Las PCyD son las que más en serio se toman la idea de que ninguna propuesta es mejor que otra (idea básica del pensamiento débil), y por eso se despojan de casi cualquier tendenciosidad o propuesta metodológica. Ni metas, ni resultados, ni objetivos ni nada de nada. Lo que debe surgir es aquello que irá surgiendo en las conversaciones guiadas exclusivamente por la curiosidad. Confían más que las propuestas anteriores en la cualidad transformadora del diálogo y se mantienen fieles a esa idea.

                En apariencia puede parecer que las PCyD son el tipo de terapia más fácil de implementar, ya que supuestamente consistiría en "solo conversar”, pero la experiencia me enseña que es más difícil de implementar que las anteriores. Realmente se necesita tener fe en el poder del diálogo.

    lunes, 19 de junio de 2017

    PRESENCIA RADICAL


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    He de confesar que la primera impresión que me causó leer a Sheila y sus ideas sobre la presencia radical me evocó los tres aspectos que destaca Carl Rogers en su enfoque terapéutico, que se supone ayudan a facilitar el “crecimiento personal”: la aceptación incondicional, la empatía y la autenticidad. Así como Michael White señalaba lo fácil que era confundir el humanismo con el enfoque narrativo, supongo que también es fácil confundir la presencia radical del enfoque colaborativo con el humanismo.  De hecho, aún sabiendo que son filosofías diferentes, no estoy del todo seguro que no estén hablando de cosas similares, aunque partan de comprensiones distintas.
    La segunda impresión o resonancia que me causó es asociarlo con la teoría sistémica. Cuando Sheila habló de observar las pautas de interacción que la persona tiene en diversos contextos y empezar a usarlos en otros para así generar variedad, algo nuevo, etc. Eso me hizo recordar los planteamientos de Salvador Minuchin y su escuela estructural, a Mara Selvini y los milaneses o a la TBCS y las intervenciones sobre contexto y pauta. Claro, es fácil deducir que no se refiere precisamente a eso.
    ¿A qué creo que se refiere Sheila McNamee con presencia radical? Es lo que trataré de responder en las siguientes líneas.
    Lo primero que cabe destacar en este aspecto es la curiosidad. Como ella misma menciona (McNamee, 2015), “...alienta la curiosidad por lo diferente, apertura a la formación de nuevas comprensiones…” (pag. 4). Tener presencia radical es ser curioso. Y ser curioso supone, primero, no saber; saber que no se sabe. Partir de la postura de no saber (Anderson, 1999). La autoconvicción de que uno sabe, la certeza de estar en lo cierto, aleja cualquier curiosidad del diálogo. En esas condiciones se está en conversación -tal vez incluso en discusión-, pero no en presencia radical, porque se escucha para preguntar selectivamente aquellas cosas que confirman o descartan mi certeza, para discutir o rebatir, pero no para entender a la otra persona. La curiosidad del no saber todavía invita a prestar atención a lo que surge en el diálogo y a guiarse por él. Es estar ahí.
    Un segundo aspecto a destacar es la renuncia a obtener resultados y a ser eficaz, priorizando en su lugar el diálogo por el diálogo mismo. Obviamente las personas no buscan ayuda o asesoría solo por conversar; buscan algún resultado. Sin embargo, el facilitador debe resistirse a la tentación del apresuramiento, y tener claro que si se confía en el proceso algo sucederá, que posiblemente sea nuevo, significativo y...útil.
    Un tercer elemento que pienso contribuye a tener presencia radical en un diálogo, es renunciar también a la necesidad de estar de acuerdo. Sheila se refiere a la presencia radical como “un movimiento que se aleja del acuerdo o de la adjudicación de perspectivas”. El acuerdo como imperativo moral implica presión entre las partes, una especie de intentona colonizadora en la que uno u otro de los implicados triunfará sobre el otro, y supone también empobrecimiento del diálogo, ya que en lugar de privilegiar las diferentes voces se privilegia una sola: la del acuerdo, la del consenso o la del convencimiento. Entiendo más bien que la presencia radical es la disposición a mantener mi postura -”mi terreno” le llama Sheila- y al mismo tiempo preguntarte sobre el tuyo y tratar de comprenderlo. De ese reconocimiento mutuo de diferencias surgirá un plus, un extra, que será lo nuevo y significativo. Así es como, supongo, se avanza en el diálogo, aunque no se sepa hacia a dónde. Entiendo también que en esa espacio dialógico es que se van creando los ingredientes, las condiciones, para que los problemas se disuelvan.
    La falta de curiosidad, la necesidad de obtener logros y resultados, y el deseo de imponer “mi verdad”, nos alejan de esa actitud. La bloquean.
    Un cuarto elemento que creo identificar es la identificación y el tomar en cuenta el aspecto interaccional y relacional de las conversaciones. Sobre esto no estoy tan seguro de entenderlo, pero parece referirse al cómo me vinculo con las personas con la que dialogo. Al respecto Sheila mencionó en la clase que las personas podían deliberadamente tomar estilos interaccionales propios de determinados contextos y utilizarlos en otros donde no solemos usarlos, para así generar variedad, novedad, y ver si se produce algo nuevo. De ser así, esto supone estar atento también a uno mismo, y atreverse a experimentar con lo que voy descubriendo sobre mi forma de relacionarme con los demás. No se trataría, entonces, de la pura espontaneidad, sino de estar alerta, o más bien despierto en relación a lo que pasa y a lo que hago.
    Un quinto punto, finalmente, creo que tiene que ver con la ética relacional. Al renunciar a los factores que obstaculizan el diálogo, es mucho más probable que se pueda ir estableciendo en las conversaciones una especie de código ético válido para ese momento y esa conversación. Ideográfico me apetece decir, aunque involucre a más de uno. Dos o más personas radicalmente presentes, asumiendo las cuatro características antes mencionadas, tienen ya de por sí una actitud ética, que a su vez producirá esa ética propia de esa relación y de ese momento.
    Estas son las comprensiones a las que he ido arribando luego de leer y escuchar a Sheila McNamee.
    Ah, y la aparente semejanza entre la presencia radical y la teoría rogeriana no pasa de ser eso, aparente. Rogers desarrolla su trípode (aceptación incondicional, empatía y autenticidad) para crear las condiciones de “crecimiento personal” de aquel con quien se trabaja. Bajo esas condiciones la tendencia al crecimiento innato de cada cual se pone en marcha y se direcciona para lograr un funcionamiento cabal. Creo que sobra decir que para Sheila y el enfoque colaborativo estas ideas esencialistas, por más bien intencionadas que parezcan, no son aceptables.
    Lo mismo se puede decir de la aparente coincidencia con lo sistémico. Las propuestas de Minuchin y los milaneses hacen referencia a estructuras propias del sistema, las que guían la conducta y la subjetividad de las personas. Una propuesta postmoderna lo entiende más bien como diálogos o historias entre las personas, como formas de conversar, tal vez repetitivas...

    Referencias
    Anderson, H. (1999). Conversación, lenguaje y posibilidades. Un enfoque posmoderno de la terapia. Argentina: Amorrortu.

    McNamee, Sh, H. (2015). Presencia Radical:  alternativas para el estado terapéutico. European Journal of Psychotherapy and Counseling, 17:4, 373-383

    viernes, 9 de junio de 2017

    EL TERAPEUTA COMO HUÉSPED Y ANFITRIÓN

    Resultado de imagen para anfitrionUna primera idea que deseo resaltar es lo que Harlene mencionó en la clase online que sostuvimos con ella hace unos días: la del operador (terapeuta, facilitador, etc.) como huésped y anfitrión de las personas con las que trabajamos.
    Somos huéspedes en tanto la persona nos está invitando y dejando ingresar a su espacio personal, a su vida y a su intimidad. Un huésped respetuoso entra hasta donde se lo permiten y no más allá –al menos no sin permiso-; cuida el mobiliario del anfitrión, se interesa respetuosamente por las cosas que le llaman la atención en la casa que visita y “guarda las formas”. Sabe que no es SU casa y por eso no la invade y se comporta como si fuese suya. Comportarnos de esa manera en el trabajo con las personas nos permitirá respetar el espacio ajeno y cuidarnos de asumir posturas colonizadoras de expertos o de autoridades, ya que sabemos que el mejor conocedor de SU casa es el anfitrión que nos invitó. Es un terreno familiar y preciado para esa persona, y debemos permitir que nos guíe por él a su ritmo y hasta dónde lo considere pertinente. Los espacios que considere privados, íntimos, y que desee que continúen así, permanecerán con la puerta cerrada.
    Esta metáfora del huésped también puede ser explotada por el lado de que, como invitados en casa ajena, también tenemos una responsabilidad limitada. No es nuestra obligación cuidarle la casa a la persona, remodelársela o reconstruírsela. Es asunto de la persona decidir qué hace con ella y ver también si desea contar o no con nuestra colaboración. Si hay algo que debemos hacer es respetar las decisiones que tome sobre su vida, asumiendo que ella es la experta y que nada permanece para siempre.
    Somos anfitriones en tanto al trabajar con las personas lo hacemos en nuestro espacio (consultorio, a veces, pero también nuestro rol, nuestras reglas y la posición socialmente otorgada a nosotros como profesionales de la ayuda o del diálogo, que constituyen “espacios” virtuales desde donde recibimos a las personas.
    La postura colaborativa exige que el operador se comporte como un buen anfitrión. Harlene Anderson nos invita a hacer el ejercicio mental de recordar las ocasiones en las que hemos sido huéspedes de alguien, y especialmente en las ocasiones donde hemos sido huéspedes satisfechos. ¿Qué hizo el anfitrión que nos ayudó a sentirnos cómodos y como en casa? ¿Hizo algo que nos incomodó? ¿En base a qué criterios tomados de nuestra experiencia podríamos distinguir a un buen anfitrión de uno deficiente? ¿Cómo nos imaginamos siendo buenos anfitriones? ¿En qué ocasiones hemos sido anfitriones y en cuáles de ellas nos hemos sentido anfitriones buenos en nuestro rol? ¿Cómo podríamos trasladar y acomodar esas experiencias a nuestro trabajo con personas?
    Jugar el doble rol de huéspedes y anfitriones cuidadosos y respetuosos nos permitirá crear la atmosfera adecuada para que la conversación fluya, y con ella el diálogo y la co-creación de nuevas ideas, relatos y opciones. Un ambiente no solo colaborativo sino también generativo.
    Una segunda idea que queremos comentar en esta escrito es la que Harlene Anderson (1999) plantea acerca de la relación entre la incertidumbre y el no saber, como posturas del operador colaborativo.
    Al respecto Harlene refiere que al iniciar su trabajo desde lo colaborativo, usando diálogos compartidos y renunciando a la postura de experto conductor de la conversación, ella y sus colegas empezaron a experimentar incertidumbre. Esta incertidumbre provenía del hecho de constatar que si se compartía la responsabilidad por la conversación, era imposible predecir y prevenir el resultado de la misma. Lo colaborativo exigía pagar el precio de no saber lo que iba a ocurrir y en dónde iba a terminar el diálogo. Refiere también que con el tiempo aprendieron a sentir el sabor a libertad que entrañaba esta incertidumbre y a gustar de él. Si esto era así, en una conversación colaborativa y dialógica ya no es responsabilidad del profesional (y tampoco de las personas con las que se trabaja) tener una agenda y llevar la charla a buen puerto. Es una co-responsabilidad o, lo que es igual, la responsabilidad recae en el proceso mismo. La conversación llegará a dónde llegue y tendrá el resultado que tenga.
    Esto tiene por los menos dos efectos: 1) aprender a convivir con la incertidumbre (y creo que recién ahora tengo más clara esta idea) y 2) no necesito conocer aquello de lo cual se está hablando, es decir, ser un experto en la materia sobre la cual se conversa. En todo caso, la única “experticia” que se nos pide es la de ser curiosos y saber dialogar.
    Confiesa Harlene que esta libertad de no saber expandió su imaginación y su creatividad considerablemente. Me imagino ese proceso como un botar lastre (el lastre del rol de experto sabelotodo) y un soltar amarras; como un estar ahí realmente, escuchando y prestando atención principalmente (si no exclusivamente) a lo que se va conversando y a lo que va surgiendo de eso, y a nada más. Supongo que a eso es a lo que se refiere Sheila MacNamee cuando habla de presencia radical.
    Me apetece hacer algunos paralelos con lo que plantean otros enfoques, aún sabiendo que ninguno de ellos calza bien con lo que plante Harlene.
    Por un lado esta idea me evoca la atención libre flotante del psicoanálisis. El analista –como diría Wilfred Bion- escucha sin memoria, sin deseo, sin comprensión, sin representación sensorial. Algo así como la escucha “pura”, tanto a lo que la persona dice como a sus propias resonancias. La conversación se entabla desde ahí.
    También pienso a en la escucha activa planteada por Carl Rogers. Rogers sugiere renunciar al propio marco de referencia y atender al marco de referencia de la persona con la que se conversa. El facilitador aquí se limitaría a reflejar lo que va captando, tanto en lo que concierne a los pensamientos como a las emociones y sentimientos que los acompañan.
    Finalmente, un tercer paralelo que puedo hacer es con la terapia gestáltica. Curiosamente algunos terapeutas gestálticos hablan de “relación dialogal” para referirse a la actitud y al modo de comunicación que sugieren se dé entre terapeuta y cliente. Esta relación se basaría en lo sugerido por Martin Buber al describir en qué consiste la relación “yo-tú”: una relación atenta, carente de manipulación, que reconoce y valora lo que es la otra persona. La Gestalt también plantea el “ajuste creativo”: confiar en lo que va surgiendo en la interacción entre los comunicantes, basarse en le ahora, y en la capacidad para responder creativamente que posee el “organismo”.
    Obviamente no planteo que estas posturas sean lo mismo que propone Harlene Anderson. Simplemente hago un ejercicio intelectual para comprender sus ideas cotejando y diferenciando con otras comprensiones que ya tengo. Las tres propuestas son modernistas; plantean un modelo de persona a alcanzar y sendas vías de acceso para llegar a ellas. El terapeuta es experto aunque pretenda no parecerlo y se muestra amable, neutral y aceptador. La propuesta colaborativa y dialógica está en la orilla de enfrente teórica y metodológicamente, y no propone nada en concreto salvo la curiosidad como vía regia a lo que sea que surja. O al menos eso me parece.

    Referencias

    Anderson, H. (1999). Conversación, lenguaje y posibilidades. Un enfoque posmoderno de la terapia. Argentina: Amorrortu.

    viernes, 7 de abril de 2017

    LA OPCIÓN DE ABERDEEN (Steve de Shazer)

    Harvey Ratner 
    Londres, Marzo 2017

    Ese nunca fue el título de Shazer para ello. Estábamos sentados en la clínica del NHS en Londres, donde trabajamos en mayo de 1990, discutiendo con Steve de Shazer e Insoo Kim Berg sobre un caso en el que Insoo acababa de supervisarme: una joven madre soltera que no podía decidir qué hacer con su bebé, si mantener al niño o ponerlo en adopción. Había hecho la rutina habitual y se sentía tan atascada como los trabajadores sociales (en realidad, era mucho peor que eso; Insoo me había instado a usar la pregunta del milagro y después de que lo hiciera, me dijo que lo había hecho incorrectamente, lo que me hizo volver a hacerlo por lo menos un año). De Shazer escuchó y luego dijo, "¿qué hay de la tercera opción?". “¿Qué tercera opción, Steve?”, dije yo. "¡Siempre hay una tercera opción!", acotó.

    Le preguntamos cómo lo haría y él le dijo: "Le pediría que imaginara que algún día en un futuro cercano ella tomó un tren de Londres para, digamos, Aberdeen. Y luego pedirle que me diga lo que haría después de bajar del tren en Aberdeen”. Le pregunté si especificaría si tenía a su hija con ella o no, y él dijo que no lo haría: lo había dejado deliberadamente abierto y podía rellenar los detalles.
    Lo probé en la siguiente sesión (Insoo estaba de regreso en Estados Unidos para entonces). La cliente no mencionó a su hija como estando con ella en Aberdeen. Se describía caminando en la playa, sintiéndose sola en el mundo. A los pocos días anunció a los asistentes sociales que había decidido mantener a su bebé.

    A partir de entonces, llamamos a la técnica 'The Aberdeen Option'.

    He utilizado esta técnica en una variedad de lugares desde entonces. Por ejemplo, yo tenía un cliente que no podía decidir dónde vivir - ¿debería quedarse aquí en Londres o regresar a su tierra natal, México? Mirando las dos opciones produjo el estancamiento habitual y luego dije: "Suponte que subiste a un avión y volaste a, oh, no sé, digamos España, ¿qué pasa al llegar?". Para mi asombro dijo que había considerado que iba a vivir en Madrid!

    De Shazer sólo escribió de manera indirecta sobre esta técnica. El segundo capítulo de su libro de 1988 Claves presenta la transcripción y el comentario de una sesión inicial donde una cliente no puede tomar una decisión sobre su marido. Él insta a la cliente a explorar sus "opciones" y comienza a perseguir más y más: ¿cuál es el cuarto? ¿Cuál es el 5to?

    Está claro que la razón es aflojar el pensamiento o la creatividad del cliente, que es lo que la idea 'Aberdeen', entiendo, busca, y él aclara esto con este comentario:

    “Pragmáticamente, la dificultad para tomar una decisión suele deberse a que la persona no encuentra ninguna alternativa para ser más positiva que el resto. Por lo tanto, una "alternativa vacía", que no se especifica, deja espacio para la creatividad y el azar”.

    Se relaciona con la postura de Steve de la aceptación radical: él no está presionando para una posición u otra; él no se preocupa por lo que el cliente elige hacer; su trabajo es ayudarles a resolverse algo para sí mismos.

    Yo, como muchos practicantes, busco ayudar a los clientes que están atrapados para tomar una decisión importante en sus vidas, por ser un gran desafío, y la Opción de Aberdeen es una adición útil a los caminos que podemos tomar.

    Pero mi favorita todavía es: "¿qué pasaría si sólo lanzas una moneda?"

    De Shazer, Steve (1988) Claves: Investigando Soluciones en Breve Terapia. Nueva York: Norton.

    viernes, 26 de agosto de 2016

    LA TERAPIA BREVE CENTRADA EN LAS SOLUCIONES: IDEAS Y PROCESO


    REDUCTOR DE COMPLEJIDAD
    1.    Es una estrategia de comprensión de un fenómeno.
    2.    Supone simplificarlo lo máximo posible.
    3. Eliminar los elementos constitutivos secundarios o irrelevantes hasta quedarse con lo mínimo necesario para comprenderlo.
    4.    La comprensión suele venir luego de su transformación.
    5.    Es también quedarse con lo mínimo necesario para transformar el fenómeno.
    6.    En el caso de la TCS el elemento básico para comprender el cambio son las excepciones.

    CASO
    Juan es un estudiante de 4to ciclo de obstetricia. Es muy inteligente, capaz y competitivo. Y él lo sabe. Además es crítico. No se queda callado ante lo que le parece mal, ni siquiera frente a sus profesores y tutores. Busca orientación porque es consciente de que proyecta una imagen de seriedad y arrogancia. Eso le dificulta las relaciones interpersonales, especialmente a la hora de formar grupos de trabajo. Quiere orientación y le plantea ese tema a su psicólogo.
    ¿Qué sugieren que haga el psicólogo?
    Ah, Juan también es muy crítico con los psicólogos que le han tocado hasta ahora. Ha tenido enfrentamientos y roces con algunos de ellos porque “le dan consejos que ya conoce, que ya intentó y no funcionan”. Les dice: “Cómo es que tú, siendo profesional, no puedes decirme algo que me sirva. Me dices lo que me diría cualquier persona de la calle”.

    IDEA 1
    Dar consejos, o sea, decirle a la persona lo que tiene que hacer frente a una determinada situación, está demostrado que funciona en poquísimas ocasiones.
    Es un recurso muy sobre estimado. En el 90% de las veces quien recibe el consejo ya lo conocía. Esto desdibuja la imagen del que aconseja. Ese es el caso de Juan.

    La costumbre de aconsejar se sustenta en las ideas de que:
    1.    El ser humano es básica y esencialmente racional.
    2.    Al pedir ayuda está necesariamente dispuesto a recibirlo. Todo él quiere cambiar.
    3.    Frente a un problema el cambio siempre es bueno.
    4.    Es un gesto de madurez seguir los buenos consejos siempre.
    5.    El cambio no depende del momento o del contexto, sino de la buena voluntad.
    6.    El rol del consejero es dar un buen consejo y nada más.

    IDEA 2
    La mejor manera de ayudar a otro es favorecer la búsqueda de recursos en la persona. Ningún problema es mayor que la persona que lo sufre. Toda persona tiene los recursos que necesita en su propia historia.
    Si va a haber algún consejo, entonces, debe venir de adentro, desde los recursos identificados, y no impuesto desde afuera. La persona puede (y debe) auto aconsejarse.

    IDEA 3
    La experiencia señala que un problema, sea el que fuere, no se presenta siempre…aunque las condiciones para hacerlo estén presentes. A esto se le llama “excepción”.
    La “excepción” es la expresión, muchas veces inadvertida, de los recursos de la persona. Esos que están en la historia personal de cada quien.
    La solución a un problema viene de la aplicación consciente y deliberada de los recursos identificados en las “excepciones”.

    IDEA 4
    La mejor manera de utilizar los recursos para la solución de problemas es dejándose orientar por objetivos concretos.
    La visualización de la solución en el cerebro constituye el 50% de la solución en sí misma.
    El puente entre el estado actual (problema) y el estado deseado (objetivo), lo constituye la aplicación de los recursos idóneos identificados.

    OBJETIVOS BIEN PENSADOS: Según Insoo Kim Berg
    1.    Tener importancia para el cliente.
    2.    Ser limitados.
    3.    Ser concretos, específicos, y estar formulados en términos de conducta.
    4.    Plantear la presencia y no la ausencia de algo.
    5.    Que sean un comienzo y no un fin de algo.
    6.    Que sean realistas y alcanzables dentro del contexto de la vida del paciente.
    7.    Que se perciba que exigen un “trabajo duro”.

    IDENTIFICACION DE EXCEPCIONES
    Implica identificar:
    1.    Momentos donde el problema no se presenta e indagar por lo que la persona hace diferente en esas ocasiones.
    2.   Momentos anteriores en su historia donde logró superar, total o parcialmente, esa dificultad. Así sea en contextos diferentes o con otras personas.
    3.    Momentos anteriores en su vida donde superó dificultades que, sin ser las mismas, guardan alguna semejanza con el problema actual.
    4.    Cualquier pasatiempo, actividad, logro, modelo, etc., que pueda ser usado como recurso mediante la técnica de “copiar y pegar”.

    PROCESO
    Ver si esa “excepción” o recurso guarda relación con el objetivo deseado por la persona. ¿Es útil para él? ¿Lo valora?

    Indagar:
    ¿Cómo se le ocurrió hacer eso antes? ¿Qué pasos dio en ese momento? ¿Cómo se sintió y qué pensó de sí mismo al hacerlo? ¿Qué fue lo útil de eso? ¿Qué cree que debería seguir haciendo o volver a hacer para empezar a solucionar su dificultad?

    ¿Qué resulta útil de esa experiencia? ¿Cómo se podría usar en la dificultad actual?
    ¿Fulano o Mengano que le sugerirían que haga? ¿Qué se sugeriría usted mismo desde el pasado? ¿Cómo se puede aplicar a tu caso actual?
    Construir con la persona una realidad futura con el problema resuelto. Pensarlo al detalle, incluyendo las acciones, los pensamientos y emociones a ocurrir cuando el cambio se de.
    Seleccionar de esta “realidad alternativa” un cambio mínimo inicial, un primer paso que suponga un pequeño desafío para la persona, y ver si lo acepta como “tarea para la casa”. Planteárselo como tal.
    Indagar cómo se siente; si daría alguna sugerencia y concluir la entrevista.

    ENTREVISTAS POSTERIORES
    Iniciar las siguientes entrevistas indagando por los cambios positivos y mejorías que se han dado. Presuponer que los hay.
    Solicitar descripciones en términos conductuales, cognitivos, afectivos y relacionales. Preguntar por detalles y tomarse todo el tiempo que se pueda.
    Felicitar a la persona y buscar el autoelogio.
    Medir el cambio y el logro del objetivo usando escalas de 0 a 10.

    De ser necesario, consensuar una nueva tarea, sea repitiendo la anterior, adecuándola o estableciendo otra que parezca más idónea.