lunes, 19 de junio de 2017

PRESENCIA RADICAL


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He de confesar que la primera impresión que me causó leer a Sheila y sus ideas sobre la presencia radical me evocó los tres aspectos que destaca Carl Rogers en su enfoque terapéutico, que se supone ayudan a facilitar el “crecimiento personal”: la aceptación incondicional, la empatía y la autenticidad. Así como Michael White señalaba lo fácil que era confundir el humanismo con el enfoque narrativo, supongo que también es fácil confundir la presencia radical del enfoque colaborativo con el humanismo.  De hecho, aún sabiendo que son filosofías diferentes, no estoy del todo seguro que no estén hablando de cosas similares, aunque partan de comprensiones distintas.
La segunda impresión o resonancia que me causó es asociarlo con la teoría sistémica. Cuando Sheila habló de observar las pautas de interacción que la persona tiene en diversos contextos y empezar a usarlos en otros para así generar variedad, algo nuevo, etc. Eso me hizo recordar los planteamientos de Salvador Minuchin y su escuela estructural, a Mara Selvini y los milaneses o a la TBCS y las intervenciones sobre contexto y pauta. Claro, es fácil deducir que no se refiere precisamente a eso.
¿A qué creo que se refiere Sheila McNamee con presencia radical? Es lo que trataré de responder en las siguientes líneas.
Lo primero que cabe destacar en este aspecto es la curiosidad. Como ella misma menciona (McNamee, 2015), “...alienta la curiosidad por lo diferente, apertura a la formación de nuevas comprensiones…” (pag. 4). Tener presencia radical es ser curioso. Y ser curioso supone, primero, no saber; saber que no se sabe. Partir de la postura de no saber (Anderson, 1999). La autoconvicción de que uno sabe, la certeza de estar en lo cierto, aleja cualquier curiosidad del diálogo. En esas condiciones se está en conversación -tal vez incluso en discusión-, pero no en presencia radical, porque se escucha para preguntar selectivamente aquellas cosas que confirman o descartan mi certeza, para discutir o rebatir, pero no para entender a la otra persona. La curiosidad del no saber todavía invita a prestar atención a lo que surge en el diálogo y a guiarse por él. Es estar ahí.
Un segundo aspecto a destacar es la renuncia a obtener resultados y a ser eficaz, priorizando en su lugar el diálogo por el diálogo mismo. Obviamente las personas no buscan ayuda o asesoría solo por conversar; buscan algún resultado. Sin embargo, el facilitador debe resistirse a la tentación del apresuramiento, y tener claro que si se confía en el proceso algo sucederá, que posiblemente sea nuevo, significativo y...útil.
Un tercer elemento que pienso contribuye a tener presencia radical en un diálogo, es renunciar también a la necesidad de estar de acuerdo. Sheila se refiere a la presencia radical como “un movimiento que se aleja del acuerdo o de la adjudicación de perspectivas”. El acuerdo como imperativo moral implica presión entre las partes, una especie de intentona colonizadora en la que uno u otro de los implicados triunfará sobre el otro, y supone también empobrecimiento del diálogo, ya que en lugar de privilegiar las diferentes voces se privilegia una sola: la del acuerdo, la del consenso o la del convencimiento. Entiendo más bien que la presencia radical es la disposición a mantener mi postura -”mi terreno” le llama Sheila- y al mismo tiempo preguntarte sobre el tuyo y tratar de comprenderlo. De ese reconocimiento mutuo de diferencias surgirá un plus, un extra, que será lo nuevo y significativo. Así es como, supongo, se avanza en el diálogo, aunque no se sepa hacia a dónde. Entiendo también que en esa espacio dialógico es que se van creando los ingredientes, las condiciones, para que los problemas se disuelvan.
La falta de curiosidad, la necesidad de obtener logros y resultados, y el deseo de imponer “mi verdad”, nos alejan de esa actitud. La bloquean.
Un cuarto elemento que creo identificar es la identificación y el tomar en cuenta el aspecto interaccional y relacional de las conversaciones. Sobre esto no estoy tan seguro de entenderlo, pero parece referirse al cómo me vinculo con las personas con la que dialogo. Al respecto Sheila mencionó en la clase que las personas podían deliberadamente tomar estilos interaccionales propios de determinados contextos y utilizarlos en otros donde no solemos usarlos, para así generar variedad, novedad, y ver si se produce algo nuevo. De ser así, esto supone estar atento también a uno mismo, y atreverse a experimentar con lo que voy descubriendo sobre mi forma de relacionarme con los demás. No se trataría, entonces, de la pura espontaneidad, sino de estar alerta, o más bien despierto en relación a lo que pasa y a lo que hago.
Un quinto punto, finalmente, creo que tiene que ver con la ética relacional. Al renunciar a los factores que obstaculizan el diálogo, es mucho más probable que se pueda ir estableciendo en las conversaciones una especie de código ético válido para ese momento y esa conversación. Ideográfico me apetece decir, aunque involucre a más de uno. Dos o más personas radicalmente presentes, asumiendo las cuatro características antes mencionadas, tienen ya de por sí una actitud ética, que a su vez producirá esa ética propia de esa relación y de ese momento.
Estas son las comprensiones a las que he ido arribando luego de leer y escuchar a Sheila McNamee.
Ah, y la aparente semejanza entre la presencia radical y la teoría rogeriana no pasa de ser eso, aparente. Rogers desarrolla su trípode (aceptación incondicional, empatía y autenticidad) para crear las condiciones de “crecimiento personal” de aquel con quien se trabaja. Bajo esas condiciones la tendencia al crecimiento innato de cada cual se pone en marcha y se direcciona para lograr un funcionamiento cabal. Creo que sobra decir que para Sheila y el enfoque colaborativo estas ideas esencialistas, por más bien intencionadas que parezcan, no son aceptables.
Lo mismo se puede decir de la aparente coincidencia con lo sistémico. Las propuestas de Minuchin y los milaneses hacen referencia a estructuras propias del sistema, las que guían la conducta y la subjetividad de las personas. Una propuesta postmoderna lo entiende más bien como diálogos o historias entre las personas, como formas de conversar, tal vez repetitivas...

Referencias
Anderson, H. (1999). Conversación, lenguaje y posibilidades. Un enfoque posmoderno de la terapia. Argentina: Amorrortu.

McNamee, Sh, H. (2015). Presencia Radical:  alternativas para el estado terapéutico. European Journal of Psychotherapy and Counseling, 17:4, 373-383

viernes, 9 de junio de 2017

EL TERAPEUTA COMO HUÉSPED Y ANFITRIÓN

Resultado de imagen para anfitrionUna primera idea que deseo resaltar es lo que Harlene mencionó en la clase online que sostuvimos con ella hace unos días: la del operador (terapeuta, facilitador, etc.) como huésped y anfitrión de las personas con las que trabajamos.
Somos huéspedes en tanto la persona nos está invitando y dejando ingresar a su espacio personal, a su vida y a su intimidad. Un huésped respetuoso entra hasta donde se lo permiten y no más allá –al menos no sin permiso-; cuida el mobiliario del anfitrión, se interesa respetuosamente por las cosas que le llaman la atención en la casa que visita y “guarda las formas”. Sabe que no es SU casa y por eso no la invade y se comporta como si fuese suya. Comportarnos de esa manera en el trabajo con las personas nos permitirá respetar el espacio ajeno y cuidarnos de asumir posturas colonizadoras de expertos o de autoridades, ya que sabemos que el mejor conocedor de SU casa es el anfitrión que nos invitó. Es un terreno familiar y preciado para esa persona, y debemos permitir que nos guíe por él a su ritmo y hasta dónde lo considere pertinente. Los espacios que considere privados, íntimos, y que desee que continúen así, permanecerán con la puerta cerrada.
Esta metáfora del huésped también puede ser explotada por el lado de que, como invitados en casa ajena, también tenemos una responsabilidad limitada. No es nuestra obligación cuidarle la casa a la persona, remodelársela o reconstruírsela. Es asunto de la persona decidir qué hace con ella y ver también si desea contar o no con nuestra colaboración. Si hay algo que debemos hacer es respetar las decisiones que tome sobre su vida, asumiendo que ella es la experta y que nada permanece para siempre.
Somos anfitriones en tanto al trabajar con las personas lo hacemos en nuestro espacio (consultorio, a veces, pero también nuestro rol, nuestras reglas y la posición socialmente otorgada a nosotros como profesionales de la ayuda o del diálogo, que constituyen “espacios” virtuales desde donde recibimos a las personas.
La postura colaborativa exige que el operador se comporte como un buen anfitrión. Harlene Anderson nos invita a hacer el ejercicio mental de recordar las ocasiones en las que hemos sido huéspedes de alguien, y especialmente en las ocasiones donde hemos sido huéspedes satisfechos. ¿Qué hizo el anfitrión que nos ayudó a sentirnos cómodos y como en casa? ¿Hizo algo que nos incomodó? ¿En base a qué criterios tomados de nuestra experiencia podríamos distinguir a un buen anfitrión de uno deficiente? ¿Cómo nos imaginamos siendo buenos anfitriones? ¿En qué ocasiones hemos sido anfitriones y en cuáles de ellas nos hemos sentido anfitriones buenos en nuestro rol? ¿Cómo podríamos trasladar y acomodar esas experiencias a nuestro trabajo con personas?
Jugar el doble rol de huéspedes y anfitriones cuidadosos y respetuosos nos permitirá crear la atmosfera adecuada para que la conversación fluya, y con ella el diálogo y la co-creación de nuevas ideas, relatos y opciones. Un ambiente no solo colaborativo sino también generativo.
Una segunda idea que queremos comentar en esta escrito es la que Harlene Anderson (1999) plantea acerca de la relación entre la incertidumbre y el no saber, como posturas del operador colaborativo.
Al respecto Harlene refiere que al iniciar su trabajo desde lo colaborativo, usando diálogos compartidos y renunciando a la postura de experto conductor de la conversación, ella y sus colegas empezaron a experimentar incertidumbre. Esta incertidumbre provenía del hecho de constatar que si se compartía la responsabilidad por la conversación, era imposible predecir y prevenir el resultado de la misma. Lo colaborativo exigía pagar el precio de no saber lo que iba a ocurrir y en dónde iba a terminar el diálogo. Refiere también que con el tiempo aprendieron a sentir el sabor a libertad que entrañaba esta incertidumbre y a gustar de él. Si esto era así, en una conversación colaborativa y dialógica ya no es responsabilidad del profesional (y tampoco de las personas con las que se trabaja) tener una agenda y llevar la charla a buen puerto. Es una co-responsabilidad o, lo que es igual, la responsabilidad recae en el proceso mismo. La conversación llegará a dónde llegue y tendrá el resultado que tenga.
Esto tiene por los menos dos efectos: 1) aprender a convivir con la incertidumbre (y creo que recién ahora tengo más clara esta idea) y 2) no necesito conocer aquello de lo cual se está hablando, es decir, ser un experto en la materia sobre la cual se conversa. En todo caso, la única “experticia” que se nos pide es la de ser curiosos y saber dialogar.
Confiesa Harlene que esta libertad de no saber expandió su imaginación y su creatividad considerablemente. Me imagino ese proceso como un botar lastre (el lastre del rol de experto sabelotodo) y un soltar amarras; como un estar ahí realmente, escuchando y prestando atención principalmente (si no exclusivamente) a lo que se va conversando y a lo que va surgiendo de eso, y a nada más. Supongo que a eso es a lo que se refiere Sheila MacNamee cuando habla de presencia radical.
Me apetece hacer algunos paralelos con lo que plantean otros enfoques, aún sabiendo que ninguno de ellos calza bien con lo que plante Harlene.
Por un lado esta idea me evoca la atención libre flotante del psicoanálisis. El analista –como diría Wilfred Bion- escucha sin memoria, sin deseo, sin comprensión, sin representación sensorial. Algo así como la escucha “pura”, tanto a lo que la persona dice como a sus propias resonancias. La conversación se entabla desde ahí.
También pienso a en la escucha activa planteada por Carl Rogers. Rogers sugiere renunciar al propio marco de referencia y atender al marco de referencia de la persona con la que se conversa. El facilitador aquí se limitaría a reflejar lo que va captando, tanto en lo que concierne a los pensamientos como a las emociones y sentimientos que los acompañan.
Finalmente, un tercer paralelo que puedo hacer es con la terapia gestáltica. Curiosamente algunos terapeutas gestálticos hablan de “relación dialogal” para referirse a la actitud y al modo de comunicación que sugieren se dé entre terapeuta y cliente. Esta relación se basaría en lo sugerido por Martin Buber al describir en qué consiste la relación “yo-tú”: una relación atenta, carente de manipulación, que reconoce y valora lo que es la otra persona. La Gestalt también plantea el “ajuste creativo”: confiar en lo que va surgiendo en la interacción entre los comunicantes, basarse en le ahora, y en la capacidad para responder creativamente que posee el “organismo”.
Obviamente no planteo que estas posturas sean lo mismo que propone Harlene Anderson. Simplemente hago un ejercicio intelectual para comprender sus ideas cotejando y diferenciando con otras comprensiones que ya tengo. Las tres propuestas son modernistas; plantean un modelo de persona a alcanzar y sendas vías de acceso para llegar a ellas. El terapeuta es experto aunque pretenda no parecerlo y se muestra amable, neutral y aceptador. La propuesta colaborativa y dialógica está en la orilla de enfrente teórica y metodológicamente, y no propone nada en concreto salvo la curiosidad como vía regia a lo que sea que surja. O al menos eso me parece.

Referencias

Anderson, H. (1999). Conversación, lenguaje y posibilidades. Un enfoque posmoderno de la terapia. Argentina: Amorrortu.

viernes, 7 de abril de 2017

LA OPCIÓN DE ABERDEEN (Steve de Shazer)

Harvey Ratner 
Londres, Marzo 2017

Ese nunca fue el título de Shazer para ello. Estábamos sentados en la clínica del NHS en Londres, donde trabajamos en mayo de 1990, discutiendo con Steve de Shazer e Insoo Kim Berg sobre un caso en el que Insoo acababa de supervisarme: una joven madre soltera que no podía decidir qué hacer con su bebé, si mantener al niño o ponerlo en adopción. Había hecho la rutina habitual y se sentía tan atascada como los trabajadores sociales (en realidad, era mucho peor que eso; Insoo me había instado a usar la pregunta del milagro y después de que lo hiciera, me dijo que lo había hecho incorrectamente, lo que me hizo volver a hacerlo por lo menos un año). De Shazer escuchó y luego dijo, "¿qué hay de la tercera opción?". “¿Qué tercera opción, Steve?”, dije yo. "¡Siempre hay una tercera opción!", acotó.

Le preguntamos cómo lo haría y él le dijo: "Le pediría que imaginara que algún día en un futuro cercano ella tomó un tren de Londres para, digamos, Aberdeen. Y luego pedirle que me diga lo que haría después de bajar del tren en Aberdeen”. Le pregunté si especificaría si tenía a su hija con ella o no, y él dijo que no lo haría: lo había dejado deliberadamente abierto y podía rellenar los detalles.
Lo probé en la siguiente sesión (Insoo estaba de regreso en Estados Unidos para entonces). La cliente no mencionó a su hija como estando con ella en Aberdeen. Se describía caminando en la playa, sintiéndose sola en el mundo. A los pocos días anunció a los asistentes sociales que había decidido mantener a su bebé.

A partir de entonces, llamamos a la técnica 'The Aberdeen Option'.

He utilizado esta técnica en una variedad de lugares desde entonces. Por ejemplo, yo tenía un cliente que no podía decidir dónde vivir - ¿debería quedarse aquí en Londres o regresar a su tierra natal, México? Mirando las dos opciones produjo el estancamiento habitual y luego dije: "Suponte que subiste a un avión y volaste a, oh, no sé, digamos España, ¿qué pasa al llegar?". Para mi asombro dijo que había considerado que iba a vivir en Madrid!

De Shazer sólo escribió de manera indirecta sobre esta técnica. El segundo capítulo de su libro de 1988 Claves presenta la transcripción y el comentario de una sesión inicial donde una cliente no puede tomar una decisión sobre su marido. Él insta a la cliente a explorar sus "opciones" y comienza a perseguir más y más: ¿cuál es el cuarto? ¿Cuál es el 5to?

Está claro que la razón es aflojar el pensamiento o la creatividad del cliente, que es lo que la idea 'Aberdeen', entiendo, busca, y él aclara esto con este comentario:

“Pragmáticamente, la dificultad para tomar una decisión suele deberse a que la persona no encuentra ninguna alternativa para ser más positiva que el resto. Por lo tanto, una "alternativa vacía", que no se especifica, deja espacio para la creatividad y el azar”.

Se relaciona con la postura de Steve de la aceptación radical: él no está presionando para una posición u otra; él no se preocupa por lo que el cliente elige hacer; su trabajo es ayudarles a resolverse algo para sí mismos.

Yo, como muchos practicantes, busco ayudar a los clientes que están atrapados para tomar una decisión importante en sus vidas, por ser un gran desafío, y la Opción de Aberdeen es una adición útil a los caminos que podemos tomar.

Pero mi favorita todavía es: "¿qué pasaría si sólo lanzas una moneda?"

De Shazer, Steve (1988) Claves: Investigando Soluciones en Breve Terapia. Nueva York: Norton.

viernes, 26 de agosto de 2016

LA TERAPIA BREVE CENTRADA EN LAS SOLUCIONES: IDEAS Y PROCESO


REDUCTOR DE COMPLEJIDAD
1.    Es una estrategia de comprensión de un fenómeno.
2.    Supone simplificarlo lo máximo posible.
3. Eliminar los elementos constitutivos secundarios o irrelevantes hasta quedarse con lo mínimo necesario para comprenderlo.
4.    La comprensión suele venir luego de su transformación.
5.    Es también quedarse con lo mínimo necesario para transformar el fenómeno.
6.    En el caso de la TCS el elemento básico para comprender el cambio son las excepciones.

CASO
Juan es un estudiante de 4to ciclo de obstetricia. Es muy inteligente, capaz y competitivo. Y él lo sabe. Además es crítico. No se queda callado ante lo que le parece mal, ni siquiera frente a sus profesores y tutores. Busca orientación porque es consciente de que proyecta una imagen de seriedad y arrogancia. Eso le dificulta las relaciones interpersonales, especialmente a la hora de formar grupos de trabajo. Quiere orientación y le plantea ese tema a su psicólogo.
¿Qué sugieren que haga el psicólogo?
Ah, Juan también es muy crítico con los psicólogos que le han tocado hasta ahora. Ha tenido enfrentamientos y roces con algunos de ellos porque “le dan consejos que ya conoce, que ya intentó y no funcionan”. Les dice: “Cómo es que tú, siendo profesional, no puedes decirme algo que me sirva. Me dices lo que me diría cualquier persona de la calle”.

IDEA 1
Dar consejos, o sea, decirle a la persona lo que tiene que hacer frente a una determinada situación, está demostrado que funciona en poquísimas ocasiones.
Es un recurso muy sobre estimado. En el 90% de las veces quien recibe el consejo ya lo conocía. Esto desdibuja la imagen del que aconseja. Ese es el caso de Juan.

La costumbre de aconsejar se sustenta en las ideas de que:
1.    El ser humano es básica y esencialmente racional.
2.    Al pedir ayuda está necesariamente dispuesto a recibirlo. Todo él quiere cambiar.
3.    Frente a un problema el cambio siempre es bueno.
4.    Es un gesto de madurez seguir los buenos consejos siempre.
5.    El cambio no depende del momento o del contexto, sino de la buena voluntad.
6.    El rol del consejero es dar un buen consejo y nada más.

IDEA 2
La mejor manera de ayudar a otro es favorecer la búsqueda de recursos en la persona. Ningún problema es mayor que la persona que lo sufre. Toda persona tiene los recursos que necesita en su propia historia.
Si va a haber algún consejo, entonces, debe venir de adentro, desde los recursos identificados, y no impuesto desde afuera. La persona puede (y debe) auto aconsejarse.

IDEA 3
La experiencia señala que un problema, sea el que fuere, no se presenta siempre…aunque las condiciones para hacerlo estén presentes. A esto se le llama “excepción”.
La “excepción” es la expresión, muchas veces inadvertida, de los recursos de la persona. Esos que están en la historia personal de cada quien.
La solución a un problema viene de la aplicación consciente y deliberada de los recursos identificados en las “excepciones”.

IDEA 4
La mejor manera de utilizar los recursos para la solución de problemas es dejándose orientar por objetivos concretos.
La visualización de la solución en el cerebro constituye el 50% de la solución en sí misma.
El puente entre el estado actual (problema) y el estado deseado (objetivo), lo constituye la aplicación de los recursos idóneos identificados.

OBJETIVOS BIEN PENSADOS: Según Insoo Kim Berg
1.    Tener importancia para el cliente.
2.    Ser limitados.
3.    Ser concretos, específicos, y estar formulados en términos de conducta.
4.    Plantear la presencia y no la ausencia de algo.
5.    Que sean un comienzo y no un fin de algo.
6.    Que sean realistas y alcanzables dentro del contexto de la vida del paciente.
7.    Que se perciba que exigen un “trabajo duro”.

IDENTIFICACION DE EXCEPCIONES
Implica identificar:
1.    Momentos donde el problema no se presenta e indagar por lo que la persona hace diferente en esas ocasiones.
2.   Momentos anteriores en su historia donde logró superar, total o parcialmente, esa dificultad. Así sea en contextos diferentes o con otras personas.
3.    Momentos anteriores en su vida donde superó dificultades que, sin ser las mismas, guardan alguna semejanza con el problema actual.
4.    Cualquier pasatiempo, actividad, logro, modelo, etc., que pueda ser usado como recurso mediante la técnica de “copiar y pegar”.

PROCESO
Ver si esa “excepción” o recurso guarda relación con el objetivo deseado por la persona. ¿Es útil para él? ¿Lo valora?

Indagar:
¿Cómo se le ocurrió hacer eso antes? ¿Qué pasos dio en ese momento? ¿Cómo se sintió y qué pensó de sí mismo al hacerlo? ¿Qué fue lo útil de eso? ¿Qué cree que debería seguir haciendo o volver a hacer para empezar a solucionar su dificultad?

¿Qué resulta útil de esa experiencia? ¿Cómo se podría usar en la dificultad actual?
¿Fulano o Mengano que le sugerirían que haga? ¿Qué se sugeriría usted mismo desde el pasado? ¿Cómo se puede aplicar a tu caso actual?
Construir con la persona una realidad futura con el problema resuelto. Pensarlo al detalle, incluyendo las acciones, los pensamientos y emociones a ocurrir cuando el cambio se de.
Seleccionar de esta “realidad alternativa” un cambio mínimo inicial, un primer paso que suponga un pequeño desafío para la persona, y ver si lo acepta como “tarea para la casa”. Planteárselo como tal.
Indagar cómo se siente; si daría alguna sugerencia y concluir la entrevista.

ENTREVISTAS POSTERIORES
Iniciar las siguientes entrevistas indagando por los cambios positivos y mejorías que se han dado. Presuponer que los hay.
Solicitar descripciones en términos conductuales, cognitivos, afectivos y relacionales. Preguntar por detalles y tomarse todo el tiempo que se pueda.
Felicitar a la persona y buscar el autoelogio.
Medir el cambio y el logro del objetivo usando escalas de 0 a 10.

De ser necesario, consensuar una nueva tarea, sea repitiendo la anterior, adecuándola o estableciendo otra que parezca más idónea.

domingo, 3 de julio de 2016

¿DOBLE PERSONALIDAD?

El psicólogo Jerome Bruner -recientemente fallecido a los 100 años de edad- planteó que nuestra mente está organizada narrativamente. Lo que somos, nuestra identidad, es una historia co-construida con los demás y que nos contamos a nosotros mismos en el afán de entendernos y definirnos. En realidad no es solo una; son múltiples historias que nos sirven para narrarnos y darle significado a nuestras experiencias cotidianas. 

Por su parte, Kenneth Gergen definió a la persona como la intersección de todas sus relaciones y, por consiguiente, de todas sus historias. En otras palabras, somos seres multihistoriados. Esa multiplicidad de historias se desprende inevitablemente de la variedad de relaciones y contextos en los que participamos, y en los cuales vamos tejiendo relatos de identidad diferentes, que nos enriquecen como individuos. 

Para ser más claros aún podemos apelar al concepto de sinergia: cuando A + B produce C (siendo C la forma de ser de A, si es a esa persona a quién observamos). ¿Qué pasará si A interactúa con D, con E o con F? El resultado no seguirá siendo C, sino más bien X, Y o Z. 

Múltiples identidades. Múltiples “personalidades”, dependiendo de con quién se esté. Esto nos parecerá extraño, y hasta patológico, si todavía nos guiamos por la idea, ya en desuso, de que tenemos una sola personalidad, la que se supone nos debe dar coherencia y volvernos “estables”, predecibles y fácilmente comprensibles. Esta exigencia nunca ha podido ser cumplida, salvo quizá por personas con una vida pobre y monótona, que reflejan el mismo destello de luz una y otra vez, porque nunca se mueven del sitio en el que están. 

En conclusión ser “candil de la calle y oscuridad de su casa”, por usar la frase popular, está más cerca de la “normalidad”, que la heroica entereza. 

domingo, 27 de marzo de 2016

EL CERCO SEMÁNTICO EN LA CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE REALIDADES E IDENTIDADES


En la actual coyuntura política electoral que vive mi país, el Perú, se escucha con frecuencia la expresión “cerco informativo”. Dicha expresión trata de graficar la práctica que ejercen los grupos de poder –propietarias de los medios masivos de comunicación-, tendiente a administrar el flujo de información de que disponen las personas. Estos grupos utilizan una especie de filtro, permitiendo que ciertas noticias sean difundidas y bloqueando otras, según sus intereses y agendas. Además, de ser necesario, recortan, distorsionan y hasta inventan la información a fin de generar el impacto social, político y económico que se desea lograr. Aunque existen otras fuentes potenciales de información (los blogs, la internet, los diarios digitales, y hasta el boca a boca), es innegable que los medios más formales y masivos son los que las personas privilegian, y de allí su poder.

A la expresión “cerco informativo” queremos sumar el concepto de “cerco semántico”, el mismo que vendría a ser consecuencia del primero, es decir, en algunas ocasiones, un efecto intencional, planificado e interesado, pero también, en otros contextos, la resultante casi inevitable y “casual” del accionar comunicacional de los sistemas lingüísticos rígidos, y, hasta cierto punto, cerrados.

Gergen (1997) dice “Las creencias en lo verdadero y en lo bueno dependen de que haya un grupo, inspirador y homogéneo, de partidarios de dichas creencias, quienes definan lisa y llanamente aquello que, según suponen, está “allí” sin lugar a dudas” (p. 13-14).

De lo dicho por Gergen quiero resaltar lo de “homogéneo”.

Cuando en un sistema lingüístico rígido se llega a esa homogeneidad en las conversaciones, a esa especie de consenso, es que ya hemos entrado en el cerco semántico. La metáfora del cerco nos parece adecuada porque en la mayoría de las interacciones y conversaciones que se mantienen se usan las mismas claves y las mismas comprensiones (o muy similares), generando un efecto de uniformidad monocorde y monosemántica de la que es difícil escapar. Es como sí, se mire donde se mire y se escuche lo que se escuche, se obtienen los mismos significados o poco menos.

El efecto que esto puede producir en la generación y sostenimiento de las identidades, tanto individuales como grupales, es evidente. Lo más probable es que surja la sensación de ser único, uniforme, unidimensonal, con una identidad y una personalidad rígidas, incambiables, esenciales y predeterminadas. Aquí los viejos discursos biologistas, neurológicos y genéticos hacen su aparición para confirmar que estamos ante una “naturaleza”, individual o colectiva (White y Espton, 1993).

Pongamos un primer ejemplo. En cuanto una persona refiere a otra que escucha voces, pone en marcha sin saberlo una cadena de acciones y reacciones culturales, que se nutren de los discursos médico y psicológico en vigencia, y que la terminarán ubicando en el rol de enferma, siguiendo una “ruta” preestablecida socialmente para los que padecen ese tipo de “síntoma” (Whitaker, 2015).

Al respecto, Eleanor Longden, en su conferencia Ted "Voces en mi cabeza", refiere que sus dos grandes errores fueron, primero, comentarle su experiencia de oír voces a una amiga, la misma que se asustó y le pidió insistentemente que busque ayuda médica y, segundo, ir a buscar esa ayuda con un profesional que prácticamente la desahució y le dijo que menos malo hubiese sido si le daba un cáncer en lugar de “tener esquizofrenia”.

En el cerco semántico de Eleanor, la amiga y el psiquiatra fueron los dos primeros ladrillos. Claro, el hecho mismo de que  necesitase contarlo, venciendo la vergüenza y el miedo, es un indicador de que ese “panóptico internalizado”, propio de la sociedad disciplinaria y normalizadora en la que vivimos (Foucault, 2006), ya era parte de la narrativa de la propia Eleanor. En su caso el cerco, entonces, comenzaba en ella misma y se fue tejiendo, cada vez más densamente, a medida que iba internándose en los recovecos de los servicios de salud.


Le tomó siete años, y la suerte de toparse posteriormente con profesionales que hicieron la diferencia (profesionales ubicados "del otro lado"), para ir saliendo del cerco semántico de la medicina formal, y poder resignificar el escuchar voces como una experiencia más y no como un síntoma patognomónico de enfermedad. Todo el malestar, el sufrimiento, y los otros problemas que surgieron por el hecho de vivir cercada, se fueron poco a poco, a medida que aceptaba sus voces y aprendía a vivir con ellas. Salir del cerco la curó. No el dejar de escuchar las voces.

Simplifiquemos el proceso. La persona tiene experiencias precalificadas culturalmente como anormales; recurre a alguien –familia, amigos, profesionales- en busca de apoyo, y obtiene a cambio miradas, expresiones, comentarios, evasiones, diagnósticos, admoniciones, sospechas, desconfianzas, exigencias e incluso presiones, que la empujan en la dirección de ese gran campo semántico llamado patología. Sí, como diría Wittgenstein (1999), los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, el mundo de la persona patologizada, ubicada dentro de este cerco semántico, se ve sustancialmente restringida.

Utilizando aquí el concepto de performatividad, desarrollado por Judith Butler (2006) para entender la identidad de género, el cerco semántico produciría “enfermedad mental” performativamente. Detectado lo anómalo, va tejiendo en torno tuyo, cual pijama, una identidad limitada y limitadora que direcciona tu vida y se sostiene por los discursos de imposibilidad (O’Hanlon, 2001).

Escuchar voces y ser diagnosticado, entonces, limita a la persona, pero no necesariamente por lo que realmente le genera “su enfermedad”, sino por lo que “se supone” le genera: una de las primeras cosas que se le sugiere al esquizofrénico debutante es que deje de estudiar o renuncie a la intención de hacerlo, porque "no va a tolerar el estrés". De igual manera, que no se case ni tenga hijos "porque es una enfermedad hereditaria". El diagnóstico conlleva cancelar muchos proyectos y cerrar muchas puertas. Una verdadera encerrona, un cerco.

¿Existe alguna vía de salida? Creemos que sí. Deconstruir los diversos componentes que conforman en cerco semántico de la enfermedad y validar las experiencias, sean cuales fueren, es una forma de ir abriendo brechas que vayan liberando a las personas de destinos preestablecidos. En ese sentido, la ética de la externalización que plantean White y Epston (1993) es un medio muy interesante para ir separando a la persona de los problemas, a la par que también se puede externalizar los discursos de déficit e imposibilidad que se han ido internalizando por la educación.

El cerco semántico es una fuente de significados restringidos que a su vez restringe las interpretaciones y las formas de construir la realidad. Limita las prácticas y las opciones para transformar esa realidad. Es un mecanismo recursivo, pues el cerco lleva a prácticas que a su vez mantienen vigente al cerco.

Como dice Heinz von Foerster (2014), "El lenguaje y la realidad están íntimamente conectados, por supuesto. Suele sostenerse que el lenguaje es la representación del mundo. Yo más bien querría sugerir lo contrario: que el mundo es una imagen del lenguaje. El lenguaje viene primero, el mundo es una consecuencia de él" (p. 100).

Referencias.
Butler, J. (2006). Deshacer el género. Barcelona, España: Paidós.
Foerster, H. (2014). Visión y conocimiento: disfunciones de segundo orden. En: D. Fried (Ed.). Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad (pp. 91 – 114). Ohio, USA: The Taos Institute.
Foucault, M. (2006). Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión. Buenos Aires, Argentina: Siglo Veintiuno Editores.
Gergen, K. (1997). El yo saturado. Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo. Barcelona, España: Paidós.
O'Hanlon, B. (2001). Desarrollar posibilidades. Barcelona, España: Paidós.
Whitaker, R. (2015). Anatomía de una epidemia. Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales. Salamanca, España: Capitán Swing Libros.
White, M. y Espton, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Barcelona, España: Paidós.

Wittgestein, L. (1999). Investigaciones filosóficas. Barcelona, España: Ediciones Altaya, SA.